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El noticiero televisivo menos como altavoz del poder que como espacio de negociación de la hegemonía
00:10 martes 10 febrero, 2026
Colaboradores
“Muy buenas noches”. México, la televisión y la Guerra Fría (FCE, 2015), de Celeste González de Bustamante, es una historia del noticiero como dispositivo de comunicación política durante los años iniciales de la penetración televisiva en México. ¿Cómo se producía? ¿Qué lenguaje utilizaba? ¿Cómo presentaba la actualidad —específicamente en el contexto de la Guerra Fría y la hegemonía del PRI— para una incipiente audiencia masiva?
El periodo va de los cincuenta a los setenta y se organiza por episodios. Entre 1954 y 1959, por ejemplo, un capítulo compara el encuadre del movimiento ferrocarrilero y de la Revolución Cubana, mostrando una tensión narrativa entre ambas disidencias: la doméstica se representa como una amenaza a la paz social; la extranjera, como épica popular contra una dictadura. Otro capítulo se ocupa de la carrera espacial (1957-1969): del Sputnik y la crisis de los misiles al alunizaje del Apolo 11. Ahí se aprecia la cobertura de la rivalidad militar entre Estados Unidos y la Unión Soviética y el modo en que México intentaba acomodarse, en clave nacionalista, en el relato tecnológico del mundo bipolar.
El núcleo del libro es 1968: la yuxtaposición de los Juegos Olímpicos y el movimiento estudiantil. Por un lado, cuerpos glorificados como atletas modelo; por el otro, jóvenes inconformes que desafían la estabilidad y dañan la imagen del país. Hacia el final, González de Bustamante se detiene en 1970, año en que coinciden el Mundial y la elección presidencial. Ese cruce ilustra cómo los noticieros alternaban la formalidad autoritaria de los rituales sucesorios con el espectáculo deportivo como celebración de la unidad y el orgullo nacionales.
La investigación se basa en guiones y documentos de producción, materiales audiovisuales y entrevistas, que hacen visibles las costuras de la noticia: qué se selecciona, qué se jerarquiza, qué tono se adopta, qué se repite, qué se omite. Así muestra cómo se fue construyendo la autoridad del noticiero, no solo con datos e imágenes sino con un orden y un ritmo, una rutina consistente —una “teletradición”, dice la autora— que lo instituye como el principal referente informativo de la modernidad posrevolucionaria.
En el fondo, la tesis de “Muy buenas noches” es que la televisión fue menos un altavoz automático del poder que un espacio de negociación de la hegemonía y el sentido común, aceptable para el grueso de la sociedad mexicana aunque atravesado por multitud de intereses políticos y económicos. González de Bustamante no trata al noticiero como una herramienta de adoctrinamiento (ni de Estados Unidos ni del PRI), sino como un actor con cierta autonomía relativa: que crea pero también refleja valores, que regula expectativas, que se alinea o se distancia del gobierno conforme a sus propios incentivos. Como un lugar, en suma, donde a diario se gestiona lo decible y lo indecible, lo visible y lo invisible, lo aceptable y lo inaceptable: como una fábrica de “normalidad” audiovisual para la nación mexicana.
POR CARLOS BRAVO REGIDOR
COLABORADOR
@carlosbravoreg