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La violencia en México no es una anomalía pasajera
00:10 viernes 30 enero, 2026
Colaboradores
“¿Quién es? —volví a preguntar.
—Un rencor vivo —me contestó él.”
Juan Rulfo, Pedro Páramo
La violencia refleja, de manera inevitable, el deterioro de una sociedad. En distintos estratos y a diversos niveles. El mes de enero arrancó cualquier esperanza de bajar los brazos o de amainar esfuerzos en la búsqueda de la paz en México. Por el contrario, un espíritu ceniciento ha bañado comunidades, familias y actores políticos afectados por la violencia. El inicio de 2026 no trajo tregua, sino continuidad. El reporte sobre atrocidades publicado por Causa en Común desnuda el 2025 de forma cruel y directa: exhibe el andar cotidiano de la violencia en el país y, al mismo tiempo, devuelve la mirada hacia un 2026 lleno de pendientes —no me gusta el término “retos”, porque suena político y no urgente—. Más aún, devela un pasado de sinsabores y desatinos de administraciones, una tras otra, municipales, estatales y federales, que no han respondido. Empecemos por ahí. La vorágine de atrocidades —4 mil 783, al menos de las que se tuvo noticia— debería, más que buscar culpables abstractos, encontrar responsabilidades políticas. Es en el sistema de justicia donde, en teoría, deberían reflejarse los recursos que pagamos con nuestros impuestos para construir una sociedad —ya no tanto pacífica— menos violenta. No obstante, hoy tenemos actores políticos enfocados en otros asuntos —muchos también urgentes, como salud y educación— y en narrativas sobre una paz que, evidentemente, no termina por llegar. Incluso algunos, en un arrebato de narcisismo y alejados de la realidad mexicana, enardecen contra hechos de violencia en Estados Unidos o se solidarizan con víctimas en Palestina, hechos también condenables. El encono social aparece cuando esos mismos actores sonríen en fotografías con personajes como Nicolás Maduro o ensalzan figuras como Vladimir Putin. Más aún: cuando se enojan o se burlan de quienes, aquí en México, exigen empatía y atención frente a atrocidades que prefieren no ver. No se niega —porque no se trata de eso— que la actual administración federal pretende mostrar otra cara, al menos en intención. Pero no nombrar el problema, no subrayar su urgencia ni asumirlo como un mal que atraviesa el tejido social y que debe erradicarse, no termina por sumar del todo. Solo por nombrar algunos, los delitos documentados por Causa en Común incluyen: asesinato con tortura, asesinato de mujeres con extrema crueldad, mutilaciones, masacres, fosas clandestinas, calcinamientos y campos de exterminio. El lenguaje no alcanza, pero las cifras tampoco permiten mirar hacia otro lado. Esta misma semana evidenció, en Sinaloa —como otras tantas veces—, que la violencia alcanza incluso a nuestros legisladores y que quienes deberían trabajar en aras de combatirla y construir la paz son también víctimas de un problema que no han sabido cómo atacar o, peor aún, han decidido no hacerlo. Pero esta no es una culpa exclusiva del poder. Si la crisis es política, es también profundamente social. La sociedad mexicana vive cada vez más inmersa en una cultura de violencia. El punto clave —y el más alarmante— no está solo en su existencia, sino en su normalización y en la manera en que comienza a reproducirse entre los propios ciudadanos. Hechos como lo ocurrido en Salamanca, la violencia en carreteras o los feminicidios reflejan una grieta abierta desde abajo. Un ambiente fantasmal que recuerda a Comala, ese pueblo habitado por murmullos, ausencias y rencores, en la obra cumbre de Juan Rulfo. La pregunta incómoda, entonces, no es solo qué hace —o deja de hacer— el Estado, sino qué hemos decidido tolerar como sociedad. En qué momento comenzamos a mirar de reojo, a cambiar de canal, a justificar la violencia según quién la sufre o quién la ejerce. La ciudadanía no empuña fusiles ni firma órdenes, pero sí normaliza, replica discursos de odio, desacredita a las víctimas y calla cuando el miedo parece más cómodo que la exigencia. Exigir justicia no debería ser un acto heroico ni una postura ideológica; debería ser el mínimo ético de una comunidad que aspira a algo más que sobrevivir. Mientras la violencia se vuelva paisaje y los muertos estadística, el país seguirá habitado por silencios, por ausencias, por voces que no descansan. Tal vez por eso Rulfo sigue siendo tan actual. Porque los muertos no se van del todo. Se quedan cuando no se les nombra, cuando no se les hace justicia, cuando la humedad de la indiferencia los despierta. Y la pregunta final queda abierta, incómoda y necesaria:
¿qué estamos haciendo —como ciudadanos— para que esos muertos, al fin, puedan descansar? “Lo que pasa con estos muertos viejos es que en cuanto les llega la humedad comienzan a removerse. Y despiertan.”
Juan Rulfo, Pedro Páramo