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Los jóvenes escuchan, no expresan desinterés por las ideas, pero no encuentran razones para hablar con adultos que les han fallado en educación
00:10 lunes 26 octubre, 2026
Colaboradores
Hay, en efecto, alguien ahí. Algunas decenas de “alguienes”, frente a quienes me paro a hacer algo que no acometía una década ha: dar clase. Al principio las cosas funcionan como solían en aquellos dos mil dieces previos al cambio de paradigma: lanzo una provocación a discutir, se alza un puñado de manos, alguna intervención más solvente, alguna menos, alguna brillante, un par obtenidas a fuerza de arreo y chantaje. Conozco esta dinámica, cómodo en mi capacidad para hacerlos sentir cómodos e incluidos. Soy buen maestro. (Mis viejos alumnos –hoy treintones, cuarentones incluso– me lo decían.)
Sólo las primeras dos horas de la sesión, en fin de jornada, son obligatorias: los estudiantes podrían atender la dinámica inicial, asistir al grueso de la videoproyección y retirarse a los 120 minutos sin menoscabo curricular alguno. Y así lo hace una mitad pero no la otra, que permanece atenta, concentrada, ojalá que interesada, hasta que la luz se enciende. Paso de nuevo al frente entusiasmado por su permanencia –eligen seguir aquí– y por su concentración –no han estado pegados a sus teléfonos–, expectante de una discusión rica y franca y compleja.
No ocurre.
Vuelven a levantarse las mismas manos pero ninguna otra. Protestas en Guadalajara: un comentario. Protestas en París: cero comentarios. Caso Jane Doe en la Universidad de Cornell: un comentario. Pregunto quiénes creen que estamos ante una violación tumulturaria: se alza un par de manos. ¿Abuso sexual? Otro par de manos. ¿No hay delito que perseguir? Tercer par. ¿Alguien tiene una lectura distinta? Ningún par de manos. ¿Qué piensan entonces los demás? Silencio.
Exploro otra avenida para la discusión. Silencio. Una tercera. Silencio. Vuelven a levantar la mano los tres del principio. Interpelo a otros de manera directa, al azar. Contestan a regañadientes. Llega la hora. Se van. No de malas, diré.
No me están phoneando ni bulleando. No les desinteresa lo que les comparto. Sólo que no quieren hablar. No conmigo. Y creo que tampoco con el maestro veinte años mayor ni con la maestra diez años menor. Menos aún con Macron o con Sánchez, con Lemus o con Sheinbaum, con Loret o con Aristegui, con Cristina Rivera Garza o con Gabriel Orozco. Al menos no en nuestros códigos generacionales.
En un texto referido a su continente pero también aplicable a éste, el veinteañero editor de The European Correspondent Julius Fintelmann afirma que los jóvenes sienten que los adultos les hemos quedado a deber cuando menos en términos de educación, vivienda, empleo y medio ambiente. Tiene –y tienen ellos– razón. Así, se entiende que no vean mucho caso en hablarnos; sólo espero que estén hablando entre ellos, en sus códigos.
Acaso esperen ellos justo lo contrario: que al fin dejemos de hablar entre nosotros. Confieso no saber cómo hacerlo.
Por Nicolás Alvarado