Vínculo copiado
Me acuso, hoy necesito acusarme de esto: soy demasiado distraído
00:10 domingo 19 abril, 2026
Lecturas en voz alta
Me acuso, hoy necesito acusarme de esto: soy demasiado distraído. “¿Dónde dejé las llaves?”, “¿Qué pasó con el libro que hace dos minutos traía en la mano?”, ¿Envié ya el artículo al periódico?, ¿Alguien podría decirme dónde ando?”: he aquí las preguntas que, para orientarme en la vida, debo hacerme varias veces al día, todos los días. Y luego, ¡qué sentido de la geografía más pobre tengo! Cuando me preguntan dónde está un cierto monumento famoso, yo apunto con el dedo hacia el norte de la ciudad, cuando la verdad es que debía apuntar hacia el sur. Pero eso no es todo, lector, pues todavía he de confesarle esto: puedo haber ido ya diez veces a una casa y, con todo, aún no saber cómo llegar a ella por mí mismo. “Entonces, llegando a la calle Fulana, ¿enfilo hacia la derecha o hacia la izquierda?” O, si no, a los transeúntes: “Debo llegar a la avenida Lorenzo López. ¿Voy bien o me regreso?”. Los que me esperan en una de las casas de la avenida Lorenzo López apenas pueden creerlo; se dicen unos a otros, llenos de perplejidad: “Pero si ya ha venido aquí en varias ocasiones ¿cómo podría perderse?”. Pues sí, la verdad es que me pierdo: lo que no saben estas buenas gentes es que para los distraídos cada día es como un nuevo comienzo. Y cuando debo salir de casa –ejercicio que practico unas diez o veinte veces aun en el día más normal-, me pregunto: “¿Apagué la hornilla de la estufa?”. Como el café me vuele loco, siempre es posible que a cualquier hora del día o de la noche esté calentando un poco, de modo que la pregunta es más que legítima: “¿Apagué la hornilla de la estufa?”. Voy a cerciorarme con paso decidido, pero ya en la cocina nunca falta en qué me ponga a pensar y prácticamente me olvide de mirar la estufa. De regreso a la sala ya voy pensando en esto, en lo otro y en lo de más allá. Y cuando pongo en marcha el motor del auto, me digo: “Bueno, bueno, ¿apagué o no la hornilla de la estufa?”. Y allá voy otra vez. En una palabra, y para acabar pronto, conmigo no hay remedio. O, si no, también me sucede pensar: “Si no pago hoy mismo el recibo de mi teléfono móvil, seguro es que me lo cortan. ¡Con esta gente no se juega!”. ¿Y qué cree usted que pasa? Claro, que me lo cortan, porque simple y sencillamente se me olvida ir a pagarlo. Estas y otras distracciones, por lo demás –debo decirlo con toda franqueza- no me hacen temer por mi salud mental; en realidad, trato de no tomármelo a lo trágico. Lo que sí me preocupa, y mucho, es que los distraídos como casi no nos sentimos vivir. O, mejor dicho, no vivimos: sólo corremos. Poco a poco y sin darnos cuenta nos vamos haciendo torpes para practicar este sacrosanto ejercicio llamado contemplación. Hoy, por ejemplo, he leído una historia que me ha hecho sentarme y recapacitar seriamente sobre este asunto. La historia es ésta: Una vez, Rabí Nachman de Breslau (1772-1810) estaba acodado en la ventana de su casa cuando vio caminar a toda prisa a uno de sus alumnos. ¡Dios mío, con qué rapidez caminaba el hombre! Esto no le gustó al maestro y corrió a alcanzarlo; cuando se le puso en frente, le preguntó:
-¿Has mirado hacia el cielo esta mañana?
El discípulo no entendió la pregunta, o, si la entendió, hizo como si le pareciera extraña. El maestro volvió a la carga:
-¿Has mirado hacia el cielo esta mañana?
-No, rabí –respondió el muchacho-. Hoy no he tenido tiempo para ello. -Lo sospechaba –dijo el maestro-. Créeme, dentro de cincuenta años, todo lo que tu puedes ver ahora habrá desaparecido. Habrá otra feria, con otros caballos, otros carros, otra gente. Yo no estaré aquí, pero tú tampoco estarás aquí. Entonces, ¿qué cosa es tan importante que no te deja tiempo para mirar hacia el cielo? Esta sencilla historia es un auténtico tratado contra la prisa, o, más exactamente, contra la distracción. Vive, date cuenta, haz a los demás el honor de reparar en ellos y aprenderte sus nombres. Mira cómo cambia el cielo. Este azul no es el de ayer: hoy es más tenue, y el de mañana acaso no sea ya azul, sino gris metálico. Y aquel pájaro que canta en la rama, ¿crees que estará allí todo el tiempo? Quizá hoy mismo caiga del árbol como un fruto maduro, ¿y tú no quieres escucharlo? ¡Tal vez se esté despidiendo de la tierra, y tú no te das cuenta, pues no le haces caso! ¡Hazle caso! Detente y admira aunque sólo sea por unos instantes el arcoiris de sus plumas. Todo lo que te rodea tiene el tiempo contado: dedícale por lo menos una de tus miradas. Nada de lo que debes hacer tiene por ahora más importancia que esto. Y si mis palabras no logran convencerte, escucha lo que dice Roberto Juarroz (1925-1995), el poeta argentino, en uno de sus poemas:
Periódicamente
es necesario pasar lista a las cosas,
comprobar otra vez su presencia.
Hay que saber
si todavía están allí los árboles,
si los pájaros y las flores
continúan su torneo inverosímil...
Sí -me digo a mí mismo con aire de reproche-: es necesario pasar lista a las cosas, comprobar su presencia, echarlas de menos. No sea que Dios se moleste con nosotros, nos las quite y ya no podamos verlas más. Entonces la vida nos parecerá triste y descolorida. Y, además, recuerda esto: “Quien no es capaz de admiración es un miserable. Ninguna amistad sería posible con él, puesto que no existe amistad sin un compartir de admiraciones comunes” (Michel Tournier).