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En Brasil, Flávio Bolsonaro, encabezó la primera vuelta presidencial, frente a Luiz Inácio Lula da Silva
00:10 jueves 8 octubre, 2026
Colaboradores
Las transiciones políticas comienzan antes de que un gobernante entregue el poder. Se gestan cuando la sociedad deja de encontrar respuestas en quienes la representan, y empieza a buscar alternativas. En ese momento, la estrategia y la comunicación adquieren una responsabilidad decisiva: comprender el descontento y construir una ruta creíble para atenderlo.
Brasil, Alemania y España ofrecen escenarios distintos, pero una advertencia común: ninguna narrativa puede sustituir indefinidamente la capacidad de gobernar.
En Brasil, Flávio Bolsonaro, encabezó la primera vuelta presidencial, frente a Luiz Inácio Lula da Silva. La elección se resolverá el próximo 25 de octubre, por lo que todavía no existe un triunfo definitivo de la derecha, en la disputa por la Presidencia. Sin embargo, su ventaja constituye una señal política, que el oficialismo necesita interpretar.
Una lectura posible es el desgaste de un discurso, que promete transformación mientras una parte del electorado continúa esperando soluciones. Cuando la promesa se vuelve permanente, y el resultado siempre se aplaza, crece una deuda de credibilidad. El ciudadano termina preguntándose qué cambió realmente en su vida.
Ese es uno de los riesgos del populismo: elevar las expectativas por encima de la capacidad institucional y presupuestal para cumplirlas. La factura puede expresarse en compromisos financieros, pero también en frustración y pérdida de confianza. Esa tentación alcanza a gobiernos de distintas ideologías.
Alemania muestra otra dimensión. Alternativa para Alemania, AfD, ganó la elección regional de Sajonia-Anhalt, aunque sigue enfrentando dificultades para formar gobierno. En Berlín, Die Linke fue la fuerza más votada. El contraste revela una sociedad con demandas y preferencias territoriales diferentes, que exige diagnósticos más precisos, que la idea de un giro uniforme hacia la derecha.
La lección estratégica es clara: obtener votos y construir gobernabilidad requieren capacidades diferentes. Una campaña puede movilizar el enojo; una transición necesita acuerdos, equipos preparados y prioridades viables. La comunicación debe explicar cómo se traducirá el respaldo electoral en decisiones concretas.
En España, Pedro Sánchez anunció elecciones anticipadas para el 29 de noviembre, después del rechazo parlamentario de dos decretos sobre vivienda. La convocatoria expone el desgaste de los apoyos necesarios para impulsar su agenda. También recuerda que la voluntad del Ejecutivo requiere negociación para convertirse en acción legislativa.
Comunicar una intención genera expectativas. Construir una mayoría permite ejecutarla. Cuando ambas tareas se desconectan, el gobierno corre el riesgo de anunciar soluciones que carecen de respaldo para materializarse.
Por ello, las transiciones deben sostenerse en tres compromisos: escuchar las causas del descontento, ordenar las prioridades y explicar con honestidad los alcances del cambio. Los ciudadanos necesitan saber qué se hará, con qué recursos, en qué plazos y cómo podrán evaluar los avances.
La comunicación estratégica comienza con ese ejercicio de responsabilidad. Reconocer límites, explicar decisiones difíciles y rendir cuentas fortalece la credibilidad de quién aspira a conducir una nueva etapa.
Para México, estos escenarios merecen atención. La confianza exige una relación consistente entre lo que se promete, lo que se decide y lo que se cumple.
El hartazgo puede abrir las puertas del poder. La estrategia permite conducir la transición. La comunicación, cuando está respaldada por hechos, convierte el cambio en confianza.
POR FERNANDO ANTONIO MORA GUILLÉN
Maestro en Comunicación Institucional por la Universidad Panamericana
X: @Fernando_MoraG
www.fernandomoraguillen.com.mx