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Un puñado de películas que, con seguridad, serán vistas en 100 años, y una relevancia cultural que trasciende generaciones
00:10 jueves 1 enero, 2026
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¿Cuántas películas estelarizadas por la recién fallecida Brigitte Bardot seguirán vistas y analizadas de aquí a, digamos, 2125? El desprecio de Jean-Luc Godard seguro: filmada a saber si a partir de o contra la novela homónima de Alberto Moravia, rodada en la delirante Villa Malaparte, trasciende todos esos elementos consustanciales para erigirse en poema (semi) narrativo sobre el deseo y el cine, y sobre el eje que los une: la mirada. Construida en torno a la figura de Bardot –a su belleza, a su cuerpo inventariado por ella misma en la secuencia más icónica, a la atracción que concita–, articula, sin embargo, una poesía que trasciende a la actriz, y casi al director. En El desprecio, Godard y Bardot construyen algo más grande que ellos mismos.
Y Dios creó a la mujer, la cinta en que Roger Vadim articuló por primera vez el mito erótico B.B., la muestra esplendorosa, y acusa mayor complejidad y solvencia narrativa de lo que la memoria concede, pero no deja de ser un melodrama truculento. Viva Maria es un buen Louis Malle pero menos (y menos memorable) que Ascensor para el cadalso. La verdad es un eficaz Henri-Georges Clouzot pero no tanto (y no tan recordado) como sus Diaboliques. Si Don Juan fuera mujer (otra vez Vadim) es una curiosidad satírica, un artefacto de su tiempo. Las demás son aún menores.
Bardot misma reconocía que muchos de los admiradores que le escribían tras su temprano retiro acaso no conocieran el nombre de una sola de sus películas, y atribuía el entusiasmo por ella a esa defensa vociferante de los derechos animales por la que aún sus detractores deberán concederle mérito: su activismo no sólo contribuyó a la prohibición europea de importación de pieles de foca, sino que logró de manera más o menos directa la legislación en pro del trato digno al ganado en los rastros franceses.
Queda también la peor Brigitte –votante cada vez más convencida de un lepenismo cuya líder comparara a Juana de Arco, oronda de sus prejuicios racistas y antimigratorios–, a la que no acordaré más que este párrafo, ya sólo porque, aun cuando la derecha radical pudiera adueñarse de la República francesa y destruirla, la complicidad de una mera ciudadana en ello no será sino anecdótica. La suya no fue sino una voz pública; un tiempo sonora, sí, pero condenada como casi todas a no dejar más que el eco.
Más importante es su relevancia cultural, que trasciende las generaciones y aun su propio nombre, que pesa más y más tiempo que cualquier idea política o cualquier película, El desprecio incluida. Consciente o no, Brigitte Bardot nos enseñó a vivir la sexualidad de una manera distinta, a ver en ella una forma de agencia, un recurso de poder, un camino a la trascendencia. Eso –y un discazo con Gainsbourg– es lo que queda de B.B.
Cómo pedirle más.
POR NICOLÁS ALVARADO
COLABORADOR
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