Vínculo copiado
Yeong-hye es interpretada constantemente
00:10 viernes 18 septiembre, 2026
Colaboradores
Hay algo profundamente inquietante en La vegetariana, obra maestra -permítame el calificativo- de la coreana Han Kang, que no he podido sacar de mi cabeza a un par de semanas de terminar su lectura. No son solamente sus imágenes, algunas brutales; tampoco la prosa capaz de transitar entre la belleza y la violencia sin avisar, y que, como si de un codazo de realidad se tratara, asesta a nuestros cimientos morales. Lo que realmente me dejó asombrado, primero como lector, luego como varón y después como miembro de una sociedad, fue que la mujer que está en el centro de la historia parece no ser nunca dueña absoluta de su propio relato. Yeong-hye es interpretada constantemente. La interpretan su marido, su padre y su madre. También lo hacen su hermana, su cuñado y los médicos. Por si no bastara, la interpretamos nosotros, los lectores. Todos parecen tener algo que decir sobre lo que hace, lo que debería hacer, lo que le ocurre, lo que significa su comportamiento. Mientras tanto, su propia voz aparece apenas entre resquicios. No entraré en mucho detalle técnico, pero la autora se avienta una bravura y es poner el foco de la narración desde otros personajes y nunca termina por entregarnos a la protagonista. Un riesgo literario brillante y acertado porque la novela comienza a interpelarnos y nos lleva a preguntarnos cuántas mujeres siguen viviendo una historia parecida, naturalmente sin necesidad de llegar a los extremos de Yeong-hye -o tal vez sí-. Cuántas vidas continúan siendo interpretadas por otros antes de que ellas mismas puedan decidir qué quieren hacer con ellas. Cuántos sueños, desvelos, deseos y libertades se han quedado guardados porque había algo que «debía hacerse». Porque era lo correcto. Porque así se ha hecho siempre. Porque qué van a decir. Porque ya tienes edad para casarte. Porque ahora debes pensar en formar una familia. Porque una buena esposa hace esto. Porque una madre no debería hacer aquello. Porque una mujer de tu edad ya no está para esas cosas. Y podríamos seguir y seguir.
Lo más inquietante es que no siempre hace falta un villano para que esos mecanismos funcionen. Sería muy cómodo -aunque en gran parte es cierto- pensar que todo se reduce a hombres violentos, padres autoritarios o sociedades que pertenecen al pasado. El problema también se encuentra en que estas ideas sobreviven precisamente porque las hacemos parte de nuestra normalidad. Ahí fue donde La vegetariana terminó interpelándome también como varón. No porque me haya reconocido en las acciones más violentas de sus personajes; afortunadamente no. Pero sí me llevó a preguntarme cuántas ideas sobre lo que significa ser hombre o mujer seguimos cargando sin saber siquiera cuándo las aprendimos. Porque uno puede declararse partidario de la igualdad y, aun así, conservar pequeños atavismos; por ejemplo, las expectativas sobre una pareja o las ideas sobre quién cuida, quién provee, quién renuncia, quién debe comportarse de determinada manera. Costumbres que parecen inocentes porque llevan décadas -o siglos- repitiéndose y en la dificultad de desmontarlas de nuestro raciocinio. Pensemos en algo aparentemente sencillo. Durante generaciones, salir del nido no significó lo mismo para un hijo que para una hija. Al varón que se marchaba para estudiar, trabajar, viajar o buscarse la vida podía celebrársele la independencia; para muchas mujeres, la salida legítima del hogar estaba vinculada al matrimonio y, con él, comenzaba inmediatamente otro catálogo de obligaciones.
Muchísimo ha cambiado, por supuesto. -negarlo sería absurdo- pero los sedimentos permanecen. Todavía preguntamos cuándo se casará a quien quizá no quiere casarse; cuándo tendrá hijos a quien quizá no quiere tenerlos; cómo puede dejar a los niños para trabajar a quien también tiene derecho a una profesión; por qué está sola a quien quizá disfruta profundamente estarlo. Preguntas aparentemente pequeñas que comparten el hecho de que parten de una historia que ya escribimos para otra persona. Por eso resulta tan poderosa Yeong-hye, porque su vida está contada por los demás. Y mientras avanzaba en la novela pensé inevitablemente en aquellas escritoras que, desde otras épocas, lenguas y realidades, encontraron distintas maneras de señalar esa misma asfixia. Pienso, desde nuestra literatura, en Rosario Castellanos; pienso también en Elena Garro; no porque Han Kang escriba como ellas ni porque sus personajes sean intercambiables. Sería injusto borrar las enormes diferencias culturales, históricas y literarias que existen entre sus obras. Sin embargo hay diálogos que la literatura consigue mantener a través del tiempo. Mujeres escribiendo sobre mujeres a quienes el mundo ya les había escrito un destino y preguntándose qué ocurre cuando una persona intenta existir fuera del papel que le fue asignado.
Y quizá lo verdaderamente estremecedor sea comprobar cuánto tiempo puede sobrevivir la idea de definir lo que una mujer debe hacer. Porque las sociedades cambian, las leyes cambian, las familias cambian y nosotros también cambiamos. Sin embargo, algunas ideas consiguen esconderse extraordinariamente bien dentro de las costumbres. «Es por tu bien». «Así son las cosas». «Siempre ha sido así». Pocas frases pueden encerrar tanto. Tal vez por eso me resultó tan difícil alcanzar a Yeong-hye en La vegetariana, pues todos queremos explicar qué le ocurre, queremos ponerle palabras, razones, diagnósticos, símbolos. Queremos descifrarla. Y quizá deberíamos soportar, aunque sea por un momento, que eso no nos corresponde a nosotros.