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"Ayuda” que llega con botas ajenas
00:10 viernes 16 enero, 2026
Colaboradores
Hay palabras que en política suenan bien hasta que se miran de cerca. “Cooperación”, por ejemplo. Nadie estaría en contra de cooperar para frenar el tráfico de fentanilo, una droga que mata a miles y desangra comunidades a ambos lados de la frontera. El problema es cuando esa cooperación empieza a parecer más a una tutela, y cuando la línea entre ayudar y mandar se vuelve peligrosamente borrosa.
En Washington la narrativa es clara: México “no hace lo suficiente” y, por lo tanto, alguien más debe meter las manos —y las botas— al territorio. Lo que no se dice tan abiertamente es que la presión para permitir fuerzas estadounidenses operando directamente en México no responde sólo a una crisis de salud pública, sino a una agenda política interna: mostrar músculo, enviar mensajes electorales y trasladar responsabilidades incómodas hacia el sur.
Desde este lado de la frontera, el discurso oficial insiste en que la soberanía no se negocia. Y tiene razón. No por romanticismo nacionalista, sino por experiencia histórica. Cada vez que se normaliza la presencia de fuerzas extranjeras con el argumento de la “emergencia”, lo excepcional se vuelve costumbre. Hoy son laboratorios; mañana rutas, puertos, ciudades enteras. ¿Quién decide cuándo termina esa intervención?
Lo más inquietante es lo que queda fuera del debate público. Nadie habla de cómo el consumo masivo en Estados Unidos sigue siendo el motor del negocio, ni de la responsabilidad de sus propias agencias financieras en el lavado de dinero, ni de cómo el tráfico de armas fluye con una facilidad insultante hacia México. Atacar sólo el síntoma, y además desde fuera, es una solución cómoda para unos y costosa para otros.
Para estados estratégicos como San Luis Potosí, este escenario no es abstracto. Corredores logísticos, carreteras clave y nodos industriales convierten al territorio en pieza de ajedrez. Y en el ajedrez geopolítico, las piezas casi nunca deciden la partida. La pregunta de fondo es incómoda, pero necesaria: ¿queremos seguridad a cualquier precio, incluso si el precio es renunciar poco a poco a decidir sobre nuestro propio suelo? Porque cuando la “ayuda” empieza a imponerse, ya no es ayuda, se convierte en invasión.
¡Excelente fin de semana!