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Un ensayo personal sobre el poder de las metáforas y la conexión entre sensibilidad feminista y epistemología gótica
00:00 martes 20 enero, 2026
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Hay libros que se desarrollan como una exposición y otros que deambulan como una mente. Esta cosa de tinieblas, de Mar García Puig (Barcelona, 1977), es de los segundos: piensa “en voz alta”, se permite digresiones, se interrumpe para seguir una lectura, vuelve con una anécdota, se detiene en una frase que le hace ruido y, sin embargo, no se pierde. En ese vaivén dibuja una lucidez exigente y libre: un ensayo personal en el sentido fuerte del término, con respiración y albedrío, pero con una intención constante —mirar qué nos hacen las metáforas. García Puig parte de un hecho casi invisible de tan cotidiano: hablamos y pensamos en imágenes. La metáfora no es sólo un adorno; es una infraestructura de lo inteligible. No “representa” lo que nombra: lo fabrica y lo delimita. Decide qué puede entrar en el campo de lo pensable y qué se queda fuera. Las metáforas nos dan sentido, nos habitan hasta que terminamos habitándolas, nos piensan más a nosotros que nosotros a ellas. Pero este no es un ensayo sólo sobre la metáfora en abstracto, sino sobre la metáfora desde una sensibilidad feminista –sin cacareo ni consigna: con crítica–. García Puig recuerda que “las mujeres hemos sido constantemente carne de metáfora”. La frase desdobla una perspectiva histórica: si un grupo ha sido narrado por otro, convertido en símbolo, en alegoría, en cuerpo disponible para significar lo ajeno, puede entonces descifrar esos mecanismos por dentro. Su propósito no es “explicar” la metáfora como figura retórica: es desconfiar de su dócil literalidad y explorar, más bien, sus zonas oscuras. Por ese camino se adentra en el gótico, menos como estética que como forma de conocimiento. El gótico es una fábrica de metáforas —fantasmas, mansiones, penumbra, miedo—, pero también una manera de percibir abrazando aquello que la razón suele expulsar: lo paranormal, lo siniestro, lo oculto. Para García Puig, lo que el gótico escoge como amenaza se parece demasiado, en clave social, al repertorio de formas con las que se administra la vida de las mujeres: lo doméstico como encierro, la intimidad como vigilancia, el cuerpo como territorio de disputa. Lo tenebroso aquí no es sólo fantasía: es un lugar donde se refugia lo que no cabe en los discursos de rectitud, decoro y heroísmo. Al final, Esta cosa de tinieblas no invita tanto a “ver mejor” como a mirar distinto. En vez de correr hacia la luz —que tantas veces viene con instrucciones—, propone quedarse en la penumbra y preguntar qué metáforas nos ordenan el miedo, cuáles nos dictan la vergüenza, cuáles vuelven “natural” lo que no es más que una arbitrariedad impuesta. Ahí, el gótico deja de ser un mero juego de atmósferas y se vuelve un catálogo, a la vez inquietante y revelador, sobre cómo las imágenes nos gobiernan la vida. POR CARLOS BRAVO REGIDOR COLABORADOR @carlosbravoreg