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México está a poco de recibir, junto con Estados Unidos y Canadá, la Copa del Mundo de 2026, un acontecimiento que movilizará millones de personas
00:04 viernes 22 mayo, 2026
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Un Mundial puede venderle al mundo la mejor versión de un país o, por el contrario, exhibir, bajo la intensidad de los reflectores globales, todo aquello que lleva años sin resolverse y que, en la vida cotidiana, tenemos que enfrentar como nación. México está a poco de recibir, junto con Estados Unidos y Canadá, la Copa del Mundo de 2026, un acontecimiento que movilizará millones de personas, capitales gigantescos, expectativas turísticas y emociones deportivas capaces de paralizar ciudades enteras, aunque detrás de la narrativa festiva, de las campañas promocionales y de la inevitable cuenta regresiva hacia el silbatazo inicial, también comienzan a asomarse uno que otro reto que convendría tomar en cuenta desde ahora y no cuando el balón ya esté rodando. De entrada, están las promesas de derrama económica, de proyección internacional y de ocupación hotelera, están las imágenes de estadios repletos y las postales que venderán a México como destino mundial -incluye la fiesta, el Cielito lindo, la ola, el “uleero”, la cheve en el estadio y el “no era penal”-. Junto a todo ello también están los desafíos que acompañan, casi como una sombra inseparable, a cualquier megaevento contemporáneo, entre ellos la seguridad, la presión sobre la infraestructura, los conflictos laborales y hasta las tensiones sociales que el escaparate pambolero suele amplificar. Ahí aparecen, por ejemplo, las advertencias y amenazas de distintos gremios, desde transportistas hasta integrantes de la CNTE o controladores aéreos que reclaman mejores condiciones laborales, mayor certidumbre y atención a problemas que no nacieron con el Mundial, aunque bien podrían alcanzar otra dimensión cuando millones de ojos extranjeros estén observando. Y luego está un fenómeno que ya no pertenece únicamente al vocabulario de los urbanistas o de las discusiones académicas, porque empieza a sentirse en los bolsillos y en la vida cotidiana de quienes habitan las zonas cercanas a los grandes polos de atracción: la gentrificación; la condenada gentrificación que acompaña a muchos eventos internacionales y que suele traducirse, en términos sencillos, en rentas más caras, servicios encarecidos y barrios que se transforman a velocidades que no siempre favorecen a quienes los habitan desde hace décadas. Sin embargo, una mirada medianamente honesta sobre el Mundial tendría que resistirse tanto a la ingenuidad celebratoria en estadios, bares, plazas y reuniones familiares, como al pesimismo que -con justa razón- despierta en no pocos sectores, porque el fenómeno, justamente por su escala, también obliga a reconocer matices. Es verdad que la Copa del Mundo es uno de los negocios más lucrativos del planeta y que la mayor tajada, como casi siempre ocurre, termina concentrándose en los mismos de siempre, es decir, la FIFA, las cadenas de transmisión, los patrocinadores globales y las grandes marcas que convierten la pasión futbolera en una maquinaria económica monumental; también es verdad que algunos boletos alcanzan precios que, vistos desde la realidad mexicana, rozan el absurdo. Imagine usted: para la mayoría de las familias mexicanas, la experiencia mundialista equivale al costo de una casa o a años enteros de ahorro. Y aun así, limitar el análisis a esa dimensión corporativa sería mirar únicamente hacia los palcos, olvidando que México es un país donde más de la mitad de la población trabaja en la informalidad y, aunque eso dista mucho de ser una condición deseable, sigue siendo el contexto real desde el cual millones de personas construyen su economía cotidiana; de modo que un evento como el Mundial, con todas sus contradicciones incluidas, puede representar un alivio tangible para quienes rara vez aparecen en los balances financieros oficiales. La señora que vende frituras, el comerciante que imprime playeras, quien improvisa un puesto de tacos, tamales o refrescos a las afueras de un estadio, el pequeño arrendador, el conductor independiente, el vendedor ambulante que aprovecha la multitud porque sabe que una semana extraordinaria puede significar la diferencia entre cerrar bien o mal un mes entero. El cantinero, que cobra feliz la quinta ronda mientras, acalorado con un argentino que presume la Mano de Dios de Maradona, replica: “¡Ni madres, el de Manolo Negrete en el 86!”. Todos ellos forman parte de esa economía transversal y apasionada-que el fútbol, para bien o para mal, también moviliza. Quizá ahí reside esta dicotomía que provoca la justa deportiva, un espectáculo capaz de repartir ilusiones, ganancias, tensiones y contradicciones en distintas proporciones según el lugar que cada quien ocupe en la cancha. Y tal vez, más que preguntarnos si debemos celebrar o condenar la llegada del Mundial, convendría preguntarnos si México será capaz de aprovechar la oportunidad sin esconder debajo del césped los problemas estructurales que el propio torneo pondrá en evidencia. Mientras tanto, que ruede el balón, y recemos cristianos, herejes y apartidistas para que éste sí sea -en varios frentes- el Mundial de México porque, como escribió Eduardo Galeano, “el fútbol es la única religión que no tiene ateos”.