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La Cuarta Transformación de la Vida Pública, en su segundo piso como en el primero, trae pocas satisfacciones para las personas de bien
00:10 lunes 23 febrero, 2026
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Miren, el despido de Marx Arriaga no siguió exactamente el guion deseable. Para que la película fuera redondita, el protagonista tendría que haber sido congruente con los principios de la guerra popular prolongada y, a fin de dar un ejemplo para los trabajadores del mundo, uníos, cargado contra los polis que lo escoltaron a la entrada, que hubieran tenido que apelar, en correspondencia, al uso de la fuerza disuasiva. Nada ayuda a una historia como un acto de heroísmo suicida. La vida, sin embargo, no es como el cine, o no siempre, o casi nunca, y tuvimos que conformarnos con el espectáculo menor, pero –y llego a mi punto– no desdeñable, digno de ser disfrutado, de verlo corrido –bye los ciento y no sé cuántos mil pesos al mes pagados por el pueblo–, escoltado por la policía, y haciendo el oso con intervenciones como “Están deteniendo al que hizo los libros de texto gratuitos”, o algo muy parecido, que es la forma obradorista del “No sabes con quién estás hablando, ¿verdad, göey?” y que recitó como quien dice: “Están deteniendo al que detuvo al yanqui en Playa Girón”, o incluso como quien grita: “¡Spaaaaartans!”. Luego vino otro momento que puedes disfrutar si tienes un paladar morboso, o muy morboso, que fue el de anunciar su decisión de encadenarse –metafóricamente, claro– al escritorio, a la manera de su compañero de ruta, Romero Tellaeche, cuando lo corrieron del CIDE, en rotunda negativa a su despido. Para citar a un clásico: “La senda está trazada, nos la mostró el Che”, es decir, disculpen el juego de palabras tontito: “Nos la mostró TellaeChe”. La senda lo que viene a trazar es: “Por la quincena, hasta la ignominia”. De nuevo: disfrútenlo. La Cuarta Transformación de la Vida Pública, en su segundo piso como en el primero, trae pocas satisfacciones para las personas de bien, así que lo poco que hay debemos aprovecharlo al máximo. Idealmente, el camarada Romero tendría que haber salido del CIDE entre los abucheos de los alumnos y profesores sobrevivientes a sus purgas, en una larga doble fila de arrepentidos por haberse dedicado a promover la candidatura de AMLO –porque no se nos olvida que la promovieron sin descanso, ¿eh, picarones?–, hasta la salida del edificio. Lamentablemente, tuvimos que conformarnos con la berrincheta y el amparo subsecuente, pero hombre: la caída de un señoro de raigambre marxista no es poca cosa. Dense, por Dios. Lo que quiero decir con esta columna plena de filosofía de vida es: la existencia no consiste en grandes victorias, sino en disfrutar al máximo de las otras, las pequeñitas –el sentón del Epi en la inauguración del AIFA, las fundas del verano a la planta noble del chairisimo, los ejidatarios contra Noroña–, en plan “Carpe Diem”. Que el sufrimiento ajeno les dibuje una sonrisa, lectoras, lectores.
POR JULIO PATÁN COLABORADOR @JULIOPATAN09