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Así definió el presidente Donald Trump a un par de elementos que durante un reciente mitin político en San Antonio, Texas, interrumpieron con abucheos
00:01 sábado 10 octubre, 2026
Colaboradores
"Son protestantes pagados, enemigos de nuestra nación".
Así definió el presidente Donald Trump a un par de elementos que durante un reciente mitin político en San Antonio, Texas, interrumpieron con abucheos su discurso de apoyo al candidato senatorial republicano Ken Paxton.
Hace una semana, el propio mandatario prácticamente demandó cárcel contra reporteros que hicieron notar gradas vacías durante mitines políticos en Mobile (Alabama), un evento en Dallas, un mitin en Ohio y, al final, su presentación en San Antonio (Texas).
En sus cuentas de redes sociales, Trump afirmó que todos sus eventos estuvieron llenos por completo, al tope de capacidad de los sitios donde se presentó. Pero las imágenes divulgadas en medios mostraron secciones completas vacías, o casi.
Para Trump, al parecer, eso es casi un insulto personal, dado el egocentrismo que se le atribuye y lo que ha sido su credo personal como empresario y como político: nunca aceptar derrota, contrademandar y siempre cantar victoria sin importar qué tan profundo sea el agujero en que se encuentre.
Pero la frase encaja perfectamente con los tiempos. No es el único, ni el primero, que identifica sus intereses propios, o los de su grupo político, con los intereses de la Nación.
Identificar a los adversarios como criminales o traidores, satanizar sus intenciones es una fórmula tan vieja como la humanidad.
Los detractores de las monarquías eran responsables del delito de "lesa majestad", o perseguidos por la Inquisición y, en siglos más recientes, por policías políticas.
O pueden, como hizo Trump, ser señalados directamente, desde el púlpito presidencial, como traidores y mercenarios.
Parte del problema es que en países tan políticamente polarizados como Estados Unidos solo es cuestión de tiempo para que alguien trate de tomar acción para resolver el problema.
Hace casi una década, en diciembre de 2016, un mes después de las primeras elecciones presidenciales que ganó Trump, un joven llamado Edgar Welch irrumpió en un restaurante de pizzas en Washington para rescatar a víctimas de una supuesta red de prostitución infantil, en el basamento del lugar, auspiciada por los demócratas y en particular por la entonces recién derrotada candidata demócrata Hillary Rodham Clinton. Pero no había niños, ni red de prostitución y tampoco recinto subterráneo.
Era, eso sí, una forma de demonizar a los adversarios, de presentarlos como inmorales, corruptos y responsables de los males de la sociedad, en contraste con las buenas intenciones propias.
El alegato de "ellos son malos y nosotros buenos" puede chocar a veces y la historia dice que puede funcionar bien, al menos por un tiempo. América Latina está llena de ejemplos.
Pero al final de cuentas, una mayoría acabará por darse cuenta de que las cosas no son tan simples y que no son tan buenas como platican.
Como parece ocurrir ya a la mayoría de los estadounidenses respecto a Trump. porque a pesar de quienes lo apoyan por cualesquier razón, la realidad no es blanco y negro, está llena de grises.
POR JOSÉ CARREÑO FIGUERAS
COLABORADOR
@CARRENOJOSE1