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Hay miles de piezas de pan al fondo, miles de productos enlatados, y también miles de suéteres, chamarras y camisas
00:10 martes 9 junio, 2026
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Imagínese usted, si puede, la siguiente escena: un fotógrafo toma entre sus brazos a un niño africano –uno de esos niños macilentos y frágiles que todos hemos visto alguna vez, cuando menos en las revistas- y lo lleva a uno de los muchos hipermercados de nuestra ciudad; lo sienta en el suelo, busca el ángulo más efectista y le hace luego una fotografía. Hay miles de piezas de pan al fondo, miles de productos enlatados, y también miles de suéteres, chamarras y camisas. Bien, una vez que ha disparado, ya no queda sino, al imprimirla, escribir en uno de sus márgenes las siguientes palabras bíblicas: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».
¡Sería, sin duda, la foto más irónica que se haya hecho jamás! Estoy seguro que recorrería el mundo en cuestión de horas y haría famoso al autor de semejante osadía. Como yo no soy fotógrafo, me limité hace poco a hacer un collage tal y como lo he descrito aquí: recorté la foto de un niño nigeriano tomándola de una famosa revista misional, la sobrepuse a la imagen de un supermercado abarrotado de mercancías y le enseñé el resultado a uno de mis parientes.
-¡Señor de mi alma! –exclamó-. ¿A quién se le ocurrió llevar su humor hasta estos extremos?
-A mí se me ocurrió –le dije.
-¡Pero esto es de un humor negro detestable!
-Lo es, pero creo que podría hacer reflexionar a más de alguno, sobre todo a aquellos que culpan a Dios por el hambre de la que oyen hablar aquí y allá. Qué, ¿quieren éstos que venga el Señor en persona a abrir todas esas latas y a ponerse a darle de comer a los niños en la boca?
Mi pariente, que seguía viendo el collage en actitud de hipnotizada profunda, repitió en voz alta:
-«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». ¡Esto es terrible! Casi parecería una burla…
-Pero no es Dios el que nos ha abandonado –dije-. Los desalmados somos nosotros. La comida está ahí, y hay mucha más de la que podríamos comernos, pero por desgracia es sólo nuestra y no permitimos que sea de nadie más. Si Dios sigue haciendo fértiles nuestros campos, ¿qué más queremos? El resto –abrir las latas, servir los platos, poner las cucharas- nos toca a nosotros.
Una vez, una señora en extremo sensible y hasta cierto punto espiritual me dijo un día:
-¿Sabe? He dejado de creer en Dios. ¡Si Dios es Padre, como lo llamamos, es en verdad un Padre muy desobligado! ¿Cómo puede permitir que un niño se vaya a la cama sin cenar? ¡Ni yo, que soy mala, haría una cosa tan horrenda!
Le respondí:
-Señora, acompáñeme usted. La voy a llevar a las tiendas X, Y, Z y W, y si queda tiempo también iremos a la A, a la B y a la C. ¡Va quedar usted admirada de toda la comida que hay en ellas para que nadie, como usted dice, se vaya a la cama con el estómago vacío!
La mujer entendió lo que quería decirle y ya no quiso ir conmigo a ninguna parte: era consciente de que su argumento se estrellaría al instante contra la realidad de aquellos anaqueles atestados.
Crisis, crisis; hoy no se habla más que de esto. ¿Qué escuchamos en los noticieros de la mañana y de la noche? Esto: que las cosas van mal, que el panorama se adivina desolador y que nos aguardan cosas terribles en el futuro. Pero algo me dice también –y no necesito ser economista para saberlo- que en todo esto hay gato encerrado y que no es nada improbable que esta crisis económica de la que todos nos quejamos haya sido provocada por la avaricia de unos cuantos millonetas insaciables.
He aquí el gran pecado del capitalismo: haber dejado, o permitido, o lo que sea, que unos pocos sean demasiado ricos, mientras que la gran mayoría apenas tiene nada que comer. Estos ricos lo son de tal manera que pueden perfectamente, y a la hora que quieran, meterle un buen susto a la humanidad, como ya lo han hecho en más de una ocasióny acaso lo estén haciendo ahora. ¿De qué no será capaz un hombre que tenga 800,000 millones de dólares en el bolsillo? ¡Éste tiene el mundo en sus manos y provocará los desastres financieros que se le ocurran con tal de que su fortuna, ya de por sí inimaginable, aumente un poco más!
Una vez, un señor obispo fue invitado a una hermosa residencia a la que se llegaba atravesando un espléndido jardín. Al ver al jardinero inclinado sobre un seto de rosas, exclamó el prelado a manera de saludo: «¡Qué jardín más bello, hijo mío! ¡Mira lo que pueden hacer Dios y tú cuando trabajan juntos!». El jardinero se incorporó, se secó el sudor y dijo así al ilustre visitante: «¡Ay, señor obispo, qué cosas dice usted! ¡Ojalá hubiese visto este jardín cuando nomás Dios se ocupaba de él!». La respuesta del jardinero parece ingeniosa, y lo es; pero no es sabia. Aun doblado sobre la tierra, el hombre necesita a Dios para que haga llover sobre lo que siembra y dé crecimiento a las semillas que ha enterrado. ¿O es que esperaba que Dios viniese a tomar también él la podadora y la pala?
-Señora –dije por último a la mujer-. Dios obra todos los días el milagro de la multiplicación de los panes. Todos los días hay en este mundo pan para 8.000 millones de personas. ¿A quién le toca repartirlo: a nosotros o al Él? ¡Respóndame usted! Pero la mujer optó, una vez más, por quedarse callada.