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La palabra transformador no es la que primero viene a la mente cuando uno piensa en el presidente de los EEUU, pero vaya sí que lo es
00:00 miércoles 21 enero, 2026
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Cumple Donald Trump un año en la Casa Blanca, o cinco, si consideramos también su primer periodo, y nada nos hubiera preparado para el torbellino que han sido estos últimos meses. Si en su primer cuatrienio Trump fue mucho ruido y relativamente pocas nueces, ahora se ha convertido en una fuerza que nadie, tal vez ni él mismo, controla. Y todos los que creímos que su segundo mandato sería más de lo mismo nos hemos quedado con un palmo de narices, como solía decir mi abuelita, a quien no le gustaba equivocarse. Pero una cosa es equivocarse por subestimación, queridos lectores, y otra muy diferente hacerlo porque nos cambiaron de planeta, o de galaxia: lo alcanzado por Donald Trump en 365 días supera cualquier cálculo, cualquier pronóstico, y lo más grave es que esto parece ser apenas el principio de la mayor transformación del orden mundial desde los tiempos del nazifascismo europeo de hace un siglo.
Las dos grandes guerras del siglo XX dejaron una profunda marca en el mundo, pero sobre todo en Europa, devastada una y otra vez en el lapso de treinta y un años, reducida a escombros, con decenas de millones de muertos a cuestas.
Al enorme costo humano y material había que agregar el doble impacto de las nuevas y destructoras tecnologías y el crecimiento sin límites de la maldad humana. Ambos elementos por sí solos serían aterradores, pero sumados y potenciados entre sí dejaron un legado tan impactante que hizo que el mundo reconociera la necesidad, la urgencia, de poner reglas y límites para evitar que se repitiera. Así fue como a partir de 1945 se creó una nueva comunidad de naciones que nacía del terror colectivo y de la conciencia de ese terror: del abismo negro de los genocidios, de las armas químicas y nucleares, de ese colapso de la civilización que fue el Holocausto. Por un tiempo pareció que funcionaría, pero los diques se fueron rompiendo y regresamos a los horrores, aunque acotados por la distancia: para las buenas conciencias no era lo mismo Auschwitz que Ruanda, los gulags que la demolición de Irak, Siria o Afganistán. Pero pese a todo el sistema se mantenía, o fingía hacerlo.
Y eso, esa apariencia de reglas, de instituciones, de normas de conducta, se ha esfumado en los últimos doce meses. No los aburriré recitando cada uno de los casos, cada una de las maneras que ha tomado la destrucción, pero sí señalaré lo obvio, porque hay que decirlo y repetirlo: las leyes, el derecho internacional, los valores elementales, solo existen si se les respeta.
Y hoy ya nadie los respeta. Hemos regresado, en menos de ochenta años, a la ley de la selva. La ley de la selva no es tan solo la ley del más fuerte, es también el triunfo de la desconfianza, de la incertidumbre, del naufragio de la moral. POR GABRIEL GUERRA CASTELLANOS
GGUERRA@GCYA.NET
@GABRIELGUERRAC