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Su éxito radica en la espontaneidad de la aparición. Merlín es parte de la conversación pública por su gracia
00:10 miércoles 24 junio, 2026
Colaboradores
Una de las grandes aportaciones —que hay muchas— de México al Mundial 2026 es el pato Merlín. Este animalito fue sacado de su casa el día del primer triunfo mexicano en el torneo y llevado al punto de reunión nacional en estos días, que es el Ángel de la Independencia en la avenida Reforma de la CDMX. El pato, hoy conocido internacionalmente, iba ataviado con la camiseta verde de la selección y paseaba alegremente con su dueño entre la algarabía de la multitud. Rápidamente los videos con el simpático animal se viralizaron. ¿Qué hace un pato en el epicentro de los festejos nacionales? Son cosas que pasan en México. Aportaciones de un país futbolero a la afición mundialista. La creatividad futbolística no ha sido una de las características de nuestras selecciones, el caso contrario es la fanaticada mexicana que siempre pone de su parte para tener algo que recordar de los eventos deportivos. Si sentimos orgullo al decir que “la ola se inventó en México” ya tenemos ahora otro motivo: “El pato Merlín es mexicano”.
Convertirse en mascota nacional y ser figura internacional no es algo que se logre fácilmente. Parte de su éxito radica en la espontaneidad de su aparición. Merlín es parte de la conversación pública por su gracia, porque representa a la mascota doméstica, la ocurrencia familiar de vestirlo de futbolista y llevarlo al festejo. Nadie se acuerda de la mascota oficial de la sede mexicana que hizo la FIFA, el pato ya viste camiseta de todas las selecciones en una tienda en Canadá. El día de ayer la presidenta Sheinbaum recibió a Merlín en su conferencia de prensa. Sin duda la presencia del animal ha sido lo más agradable que se ha dado en ese escenario en meses. Doña Claudia aplaudió al pato, le hizo mimos y expresó su satisfacción por el éxito de la mascota.
Esto nos lleva inevitablemente al intento de la Jefa de Gobierno de la CDMX de imponer a los chilangos una mascota citadina: un ajolote. La imposición del anfibio ha sido, como casi todo lo que ha hecho Clara Brugada, un fracaso. Los ajolotes son interesantes, sin duda, pero no son simpáticos salvo en modo de dibujo animado —lo que sucede con casi todo—. La señora Brugada no preguntó a nadie, salió un día con el anuncio y empezó a tapizar la ciudad con pintura morada y con imágenes del ajolote. A la fecha nadie ha entendido qué es lo que se pretendió con la inundación lila y la ajolotización de la imagen capitalina. Son, eso sí, la imagen de un gobierno fallido.
Que Sheinbaum festeje a Merlín y no al ajolote de Brugada debiera decirle algo a la gobernante de la CDMX. Nada le ha salido a la Jefa de Gobierno. Anunció una multimillonaria inversión para remediar las inundaciones y la ciudad es un lago gigantesco. Lo que anunció para el Mundial en materia de transporte no funciona. Las pinturas en las calles ya se borraron y su mascota quedó reducida a una mala idea y una peor ejecución.
La imposición dura hasta que la espontaneidad quiere. Esta es una de las lecciones que llegó a dar un pato.