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Noelia Ramírez no convierte su movilidad de clase en fábula meritocrática, pero tampoco en fuente de autoridad moral
00:00 domingo 16 agosto, 2026
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¿Por qué la de Lenny Kravitz suena como música “blanca”, mientras que la de Eminem suena como música “negra”? El historiador estadounidense Thomas C. Holt tendría una respuesta: la “raza” no es una esencia que se posee, sino una identidad socialmente construida que se representa. Es decir, la raza es performance. Noelia Ramírez, autora de Nadie me esperaba aquí (Anagrama, 2025), añadiría que la clase social también lo es. Ensayo sobre la experiencia de la movilidad social en primera persona, lo suyo no es celebración ni denuesto. Para lo primero le falta ingenuidad; para lo segundo, amargura. Lo que le sobra, en cambio, es perspicacia para detectar cómo funcionan cotidianamente los marcadores de clase. Desde los apellidos hasta los acentos, de la ropa a las relaciones, de la inseguridad con que una persona se comporta a la soltura con que maneja ciertas referencias. Todo configura “rituales de pertenencia”. Algunos los heredan sin reparar en ellos; otros tienen que esforzarse por aprenderlos. La diferencia no está sólo en conocer o desconocer esos códigos, sino en la conciencia que se tiene de ellos. Quien los adquiere desde la cuna suele tomarlos como algo inherente al orden de las cosas; quien llega después debe observar, imitar, corregirse, hacer como si siempre hubiera sabido cómo estar ahí. Ése es acaso uno de los privilegios de clase que menos se ven pero más se sienten: no padecer esa voz interna que se pregunta con frecuencia si uno está desempeñando bien su papel.
Por eso la centralidad del limbo o el umbral, del “casi” o el “no lugar”, en su argumento. Porque el hallazgo emancipador del desclasamiento no está tanto en abandonar una clase para ascender a otra como en perder la inocencia respecto a la tramoya de las distinciones de clase, en volverse desvergonzadamente bilingüe, en descubrir que se puede habitar, e incluso echar raíces, en el espacio liminal que existe entre ambas. El desclasamiento, sin embargo, también tiene sus trampas. Porque quien logra por fin no sentirse fuera de lugar se encuentra con que el mundo al que ha llegado le exige encarnar la clase de la que viene o renegar de ella, escoger entre el exotismo de la autenticidad o el estigma de la traición. En el caso de la escritura creativa, el “transfuguismo de clase” impone una cuota: a quienes se criaron adentro les concede libertad e imaginación; a quienes vienen de afuera les reclama lealtad a sus orígenes. Ramírez evita ubicarse dentro de ese encuadre. No convierte su trayectoria en una fábula meritocrática, pero tampoco hace de su herida una fuente de autoridad moral. Reconoce cuánto pesan las condiciones de procedencia sin permitir que sean el timbre que define su voz o se vuelvan el horizonte monomaníaco de su prosa. Tal vez esa sea otra conquista de su desclasamiento: poder ensayarlo no como una medalla, tampoco como una condena, sino como un proceso abierto, complejo y contradictorio. Nadie me esperaba aquí explora la sorpresa y la incomodidad de quien llegó a donde no estaba previsto. Pero también sugiere que el desclasamiento puede ser, más que un relato de ascenso, una forma de liberarse de las expectativas de uniformidad o coherencia. El bilingüe no está forzado a vivir en una u otra lengua: puede hablar ambas o mezclarlas sin deberle exclusividad a ninguna. Ramírez hace algo así con la clase social. El umbral en el que se afinca no implica una existencia incompleta, sino la posibilidad de tener, como decía Pessoa, “más almas que una”. Únete a nuestro canal de WhatsApp para no perderte la información más importante 👉🏽 https://gmnet.vip/7Be3H Con información de El Heraldo de México.