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PISA 2025 vuelve a colocarnos frente a una realidad incómoda. México obtuvo 414 puntos en ciencias, 408 en lectura y apenas 388 en matemáticas
00:01 miércoles 23 septiembre, 2026
Colaboradores
México lleva un cuarto de siglo mirándose en el espejo del Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes (PISA, por sus siglas en inglés). Hemos cambiado presidentes, secretarios de Educación, reformas constitucionales, planes de estudio, libros de texto, mecanismos de evaluación y discursos pedagógicos. Cambiamos prácticamente todo, excepto una cosa: los resultados.
PISA 2025 vuelve a colocarnos frente a una realidad incómoda. México obtuvo 414 puntos en ciencias, 408 en lectura y apenas 388 en matemáticas. La comparación histórica resulta todavía más inquietante: en matemáticas regresamos prácticamente al punto de partida. En 2003 habíamos obtenido 385 puntos; alcanzamos 419 en 2009 y, después de aquella mejoría, comenzamos un descenso hasta los 388 actuales. En lectura obtuvimos 422 puntos en el año 2000. Veinticinco años después tenemos 408. No estamos ante el fracaso de una administración. Estamos frente al estancamiento de una generación.
Sin embargo, la propia OCDE introduce un matiz necesario. Durante estos años México consiguió incorporar a la educación secundaria a una proporción mayor de adolescentes provenientes de poblaciones históricamente marginadas. Comparar mecánicamente los promedios sin considerar esta ampliación de cobertura sería injusto. Conseguimos que más jóvenes llegaran a la escuela. El problema es que confundimos escolarización con aprendizaje.
Hoy solamente 30% de los adolescentes mexicanos evaluados alcanza al menos el nivel básico en matemáticas. En lectura y ciencias lo consigue aproximadamente la mitad. Prácticamente no tenemos estudiantes en los niveles superiores de desempeño. Mexicanos Primero resume bien la paradoja: después de seis presidencias, doce titulares de la SEP y múltiples reformas, el sistema educativo mexicano ha cambiado mucho, pero ha aprendido muy poco de sus propios resultados. Quizá debamos entonces abandonar por un momento la comodidad de culpar exclusivamente al gobierno. PISA 2025 debería obligarnos a observar algo más profundo: la cultura educativa que hemos construido.
En Horizontes de Aprendizaje, después de discutir con profesores, especialistas y legisladores, hemos realizado un análisis exhaustivo tratando de responder la pregunta: Más allá de las cifras ¿Qué factores pueden explicar estos resultados? Aquí las primeras conclusiones.
Un primer elemento es la cultura digital de la inmediatez. Nuestros adolescentes viven rodeados de estímulos diseñados para capturar su atención durante segundos. Videos breves, notificaciones, redes sociales, respuestas instantáneas e inteligencia artificial compiten diariamente contra una institución que exige exactamente lo contrario: leer durante veinte minutos, resolver un problema matemático, equivocarse, regresar al procedimiento, formular una hipótesis y sostener la concentración.
PISA ofrece una señal reveladora. El 37% de los estudiantes mexicanos afirma que sus compañeros se distraen frecuentemente con dispositivos digitales durante las clases de ciencias. Al mismo tiempo, 47% utiliza semanalmente herramientas de inteligencia artificial para investigar, resumir o redactar trabajos. La tecnología no es el enemigo. El problema aparece cuando sustituimos el proceso intelectual por el resultado inmediato.
Aquí aparece el segundo elemento: hemos comenzado a sentir miedo de la exigencia. Durante años construimos una escuela preocupada legítimamente por evitar exclusión, abandono y fracaso escolar. Pero en algún momento confundimos inclusión con disminución de expectativas. La disciplina adquirió una connotación negativa; reprobar se convirtió casi exclusivamente en fracaso institucional; exigir tareas, lectura o práctica comenzó a considerarse una carga excesiva. Lo cual provocó que termináramos igualando hacia abajo.
PISA 2025 muestra el resultado más bajo de México en matemáticas desde 2003. Más preocupante todavía: entre 2015 y 2025 aumentó trece puntos porcentuales la proporción de estudiantes por debajo del nivel básico en esta materia. En lectura el incremento fue de ocho puntos. No podemos continuar afirmando que todo estudiante aprende de manera diferente para evitar preguntarnos si efectivamente está aprendiendo. La educación necesita empatía, pero también rigor. Necesita inclusión, pero también altas expectativas.
El tercer elemento resultará incómodo para el propio magisterio: necesitamos recuperar la autoexigencia profesional. No significa responsabilizar individualmente a los profesores por PISA. Sería intelectualmente deshonesto. Los resultados dependen de condiciones socioeconómicas, infraestructura, políticas educativas, trayectoria escolar, familias y múltiples factores externos al aula. Además, los propios datos muestran disposición para aprender entre los jóvenes mexicanos: más de ocho de cada diez dicen disfrutar aprender cosas nuevas.
Pero tampoco podemos convertir las deficiencias estructurales en una explicación que exonere permanentemente nuestra práctica profesional. Quienes enseñamos debemos preguntarnos cuánto leemos, cuánto actualizamos nuestras estrategias, cuánto conocemos realmente nuestra disciplina, cuánto utilizamos evidencia para modificar nuestras clases y cuánto exigimos académicamente a nuestros estudiantes.
El maestro necesita mejores salarios, formación continua, autonomía y condiciones laborales dignas. Pero la profesionalización también supone responsabilidad. Defender la dignidad del magisterio implica reconocerlo como una profesión intelectual y, por ello, sometida a actualización, reflexión y exigencia permanente.
El cuarto problema es nuestra simulación de excelencia. Durante décadas el Sistema Educativo Nacional ha encontrado formas extraordinarias de producir buenos indicadores administrativos sin necesariamente producir buenos aprendizajes. Presumimos cobertura, aprobación, eficiencia terminal, entrega de becas, nuevos libros y certificados. Un estudiante puede recorrer primaria, secundaria y media superior acumulando documentos oficiales que acreditan grados académicos mientras conserva dificultades para comprender un texto complejo o utilizar matemáticas para resolver un problema cotidiano.
PISA rompe momentáneamente esa simulación porque no pregunta qué calificación obtuvo el estudiante ni cuántos grados cursó. Pregunta qué sabe hacer con aquello que supuestamente aprendió.
Finalmente aparece el actor que frecuentemente desaparece del debate educativo: la participación familiar. Los datos son reveladores. En México, la proporción de adolescentes cuyos padres les preguntan semanalmente qué hicieron en la escuela cayó de 71% a 63%. Las conversaciones familiares sobre problemas escolares descendieron de 56% a 42%.
Podemos modificar planes de estudio, repartir computadoras y capacitar profesores, pero ninguna política educativa puede sustituir completamente a una familia interesada en lo que aprende su hijo. Durante mucho tiempo trasladamos responsabilidades hacia la escuela. Le pedimos resolver violencia, nutrición, salud mental, educación sexual, adicciones, ciudadanía digital y prácticamente cualquier problema social mientras algunas familias se alejaban progresivamente del proceso académico. Educar nunca ha sido únicamente escolarizar. Quizá esa sea la gran lección de PISA 2025.
No estamos frente a estudiantes incapaces. Tenemos jóvenes dispuestos a aprender. Lo que no hemos conseguido construir es un ecosistema suficientemente exigente para transformar esa disposición en conocimiento.
Por eso sería un error responder a PISA con otra reforma educativa. También sería absurdo utilizar los resultados para responsabilizar exclusivamente a la Nueva Escuela Mexicana, porque buena parte de los adolescentes evaluados comenzó su trayectoria escolar mucho antes de su implementación. Y sería igualmente cómodo atribuir todo a la pandemia.
Veinticinco años requieren una explicación de veinticinco años. (#25De25) Necesitamos recuperar aprendizajes fundamentales; establecer metas nacionales verificables en lectura, matemáticas y ciencias; reconstruir un sistema independiente y transparente de evaluación; fortalecer la formación y responsabilidad profesional docente; regular pedagógicamente los dispositivos digitales; devolver rigor académico a las aulas y reconstruir la corresponsabilidad de las familias. Pero sobre todo necesitamos modificar nuestra relación cultural con el conocimiento.
Aprender cuesta. Exige tiempo, disciplina, silencio, concentración, lectura, repetición, frustración y esfuerzo. Ninguna transformación curricular puede eliminar esas condiciones elementales del aprendizaje humano. Podemos discutir la metodología de PISA. Podemos contextualizar sus resultados y señalar correctamente que ninguna evaluación internacional explica por sí misma la complejidad de nuestro sistema educativo.
Lo que ya resulta difícil es seguir fingiendo que no existe un problema. Después de 25 años, el espejo vuelve a mostrarnos prácticamente la misma imagen. Tal vez ha llegado el momento de dejar de culpar al espejo.
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* Profesor / Activista por el Derecho a Aprender en SLP
Director Ejecutivo en Horizontes de Aprendizaje AC
X: @FhernandOziel
Facebook: @haprendizaje