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El sol se apagó como un fuego de artificio que llevara ya mucho tiempo consumiéndose
00:10 domingo 22 febrero, 2026
Lecturas en voz alta
El sol se apagó como un fuego de artificio que llevara ya mucho tiempo consumiéndose. La mujer entrecerró los ojos durante unos segundos y luego volvió a abrirlos. Sí, él seguía allí, a un lado suyo: todavía respiraba… Se preguntó qué estaría pensando en ese momento su marido. Desde el día de la embolia no había vuelto a hablar, ni a abrir los ojos; desde hacía seis meses él no hacía otra cosa que tomar aire y expulsarlo en silencio: a eso se reducían sus relaciones con el universo. Siguió con la mirada en suspenso los movimientos de su pecho y acarició largamente su mano derecha. Desde la terraza, la ciudad le pareció como un inmenso árbol de navidad a causa de las luces que en la distancia se encendían y se apagaban. ¿Por qué había pedido a su hijo que la ayudara a sacar al padre a la terraza? Pensó, de pronto, que no debió haberlo hecho, pues la temperatura empezaba a descender y el aire a enfriarse. Quería estar sola con él, como cuando eran novios, eso era todo. Las palabras no eran necesarias. Él estaba aún allí: ¿era necesario pedir más? Desdobló una frazada y cubrió con ella el cuerpo del enfermo hasta los pies, y mientras lo arropaba contempló su rostro: un rostro que hacía cuarenta años había sido hermoso y que, para ella, aún seguía siéndolo. «Mis hijos, pensó, no se sobrecogen de emoción cuando lo ven porque ahora está pálido, y además sólo es para ellos el rostro de su padre. Si lo hubieran conocido en otro tiempo, en los tiempos de su juventud»… «Uno no ve envejecer a las personas que ama», escribió Simone de Beauvoir en una de sus mejores novelas: Todos los hombres son mortales. Y así es. Los años no pasan por las personas que amamos verdaderamente. Para esta mujer, el hombre que respiraba en el diván era el mismo por el que ella suspiró toda su vida; el mismo al que besó mil veces antes de que llegara esta tarde que ahora se rompía en pedazos: el mismo al que acariciaba, cuando era joven, a través de las fotografías que ella guardó siempre en un álbum dedicado sólo a él. ¿Qué había cambiado desde entonces? Nada. Para ella, él sería siempre el muchacho alto y espigado que un día le declaró su amor a través de una ventana cuyos barrotes le impedían hacer nada más, el joven que aquella misma tarde la hizo llorar en el momento en que le entregaba un ramo de rosas. Era el mismo, el mismo: lo único que cambiaba era que los años habían pasado y ahora él estaba enfermo.
Volvió a acariciarle la mano y se la besó.
Su hijo solía decirle:
-¡Qué paciencia tienes con él, mamá!
Pero ella no alcanzaba a comprender el sentido de tales palabras. ¿Por qué hablar de paciencia si a ella no le costaba nada hacer lo que hacía? ¿Paciencia de qué, o por qué? Ella seguía amándolo y lo amaría hasta el final. Para ella, él seguía siendo un muchacho. No, uno no ve envejecer a las personas que ama. Una vez, en el hospital, durante las horas más desesperantes de la crisis, se preguntó qué haría si su marido muriera. Es verdad que trató de no pensar, pero la pregunta volvía a su conciencia una y otra vez. ¿Se casaría otra vez? O, expresada con otras palabras: ¿podría vivir sin él? No, no podría. Con otro nombre no la ligaba ningún recuerdo digno de conservarse, y son los recuerdos el fundamento del amor. ¿Qué nos une a las personas que no nos recuerdan nada? «¿Qué me importa un paisaje que no han podido reflejar unos ojos amados? El horizonte es más dulce si guarda aún la caricia de miradas extintas», escribió François Mauriac (1885-1970) en un bello libro de marcados tonos autobiográficos. Para que dos seres se amen es necesario un pasado común, una geografía compartida: que ambos recuerden las horas y los lugares en que estuvieron juntos. Y sus recuerdos sólo se referían a él. En su pasado no había habido ningún otro hombre. Sólo él. De modo que volver a casarse sería para ella como traicionarse a sí misma. «Cualquier otro hombre, se dijo, sería para mí un desconocido, un extraño». Amor es destino. Llegados a una cierta altura de la vida, las personas recién conocidas ya no impresionan nuestro negativo interior. Funcionamos, por decirlo así, como cámaras fotográficas ya averiadas. El flash puede seguir lanzando sus flechas de luz, el botón puede hacer el ruido de siempre, pero la película está llena y no cabe ya ninguna foto más. ¡Que se me entienda! No es que despreciemos a los recién llegados, ni tampoco que no reconozcamos sus virtudes: es que llegaron demasiado tarde a nuestra vida. A éstos podemos tenerles cariño, o estimación, o simpatía, pero siempre volveremos –porque los preferimos- a los rostros que dieron sentido a nuestro pasado. En realidad no pertenecemos más que a estos seres, por más que se hayan ido o ya estén muertos. La mujer se inclinó sobre su marido y lo besó en la frente. Éste no dijo nada. Respirar, respirar: por el momento, lo único necesario era sólo esto. Quizá en el fondo de sí mismo él hablaba con ella y le daba las gracias. Tal vez le decía a su manera, con su lenguaje de silencio: «Bésame otra vez. No te vayas». Pero ella ya no volvió a besarlo y se alejó por unos instantes para pedirle a su hijo que la ayudara a meter el diván: ella se encargaría de su marido. «Nadie –se dijo a sí misma mientras lo cargaba- lo tratará con más cariño que yo: ni siquiera su hijo». Y, para disculparse con éste, dijo todavía en voz alta:
-Si yo pudiera sola con tu padre y con el diván, ten por seguro que no te molestaría, de modo que no te enfades.
Pero el muchacho estaba ya enfadado y metió el diván a regañadientes, como hacía casi todo en la vida. Un día más había pasado. ¿Mañana su esposo aún estaría aquí? Pidió a Dios que se lo dejara todavía un poco más. A pesar de todo, seguía necesitándolo…