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Se discute con vehemencia si la escuela debe ser “ideológica” o “neutral”, si los libros de texto adoctrinan o liberan
00:10 viernes 13 febrero, 2026
Colaboradores
En México se ha instalado un debate que, más que esclarecer el rumbo de la educación, lo ha enturbiado. Se discute con vehemencia si la escuela debe ser “ideológica” o “neutral”, si los libros de texto adoctrinan o liberan, si el sistema educativo debe formar ciudadanos críticos o sujetos comprometidos con un proyecto político. Pero esta discusión es, en esencia, un falso debate. No porque la educación sea ajena a valores o visiones del mundo —eso es imposible— sino porque se ha utilizado la palabra ideología para evadir lo verdaderamente importante: los aprendizajes en las nuevas generaciones, la calidad educativa del servicio escolar y las condiciones reales – humanas y materiales – en las escuelas.
Las posturas públicas de figuras como Mario Delgado, desde la dirigencia política y ahora como “referente educativo” al frente de la Secretaría de Educación Pública (SEP), y Marx Arriaga, director de Materiales Educativos – en la misma dependencia – como “arquitecto intelectual” del nuevo modelo curricular, ilustran esta tensión. Ambos han insistido en que la escuela debe romper con el “paradigma neoliberal”, descolonizar el pensamiento y formar sujetos críticos frente a las desigualdades estructurales. El problema no es la intención declarada; el problema es el desplazamiento del eje educativo hacia una narrativa política que subordina el aprendizaje a la adhesión ideológica.
En nombre de la transformación, se ha desdibujado el sentido pedagógico de la escuela. Los contenidos se reorganizan alrededor de categorías morales y sociales amplias, pero se diluye la progresión cognitiva, el dominio disciplinar y la exigencia académica. Leer, escribir con claridad, razonar matemáticamente o comprender fenómenos científicos se vuelven secundarios frente a la necesidad de “problematizar la realidad”. El resultado es una escuela que discute mucho, pero enseña poco; que reflexiona sin herramientas y que opina sin bases sólidas.
Aquí radica el falso dilema: no es ideología versus neutralidad. Toda educación transmite valores. La diferencia crucial está entre una escuela que forma capacidades y una que impone interpretaciones. Cuando la autoridad educativa insiste en que la escuela debe “tomar partido”, lo que se pone en riesgo no es la pluralidad, sino la libertad intelectual del estudiante. Paradójicamente, se habla de pensamiento crítico mientras se reduce el margen para disentir del marco conceptual oficial.
El discurso oficial sostiene que los nuevos enfoques son emancipadores, pero ignora una realidad incómoda: la mayoría de los estudiantes mexicanos no alcanza niveles básicos de comprensión lectora ni de razonamiento matemático. Según datos previos a la eliminación de evaluaciones nacionales sistemáticas, más del 60% de los alumnos de secundaria se ubicaban en los niveles más bajos de desempeño. Frente a este panorama, centrar la política educativa en disputas ideológicas resulta, cuando menos, irresponsable.
Además, el énfasis ideológico ha servido para justificar la ausencia de medición. Evaluar aprendizajes se presenta como un acto tecnocrático o punitivo, cuando en realidad es una condición mínima para mejorar. Sin datos, sin indicadores claros, sin seguimiento riguroso, la política educativa se convierte en relato. Y los relatos, por bien intencionados que sean, no enseñan a leer, no desarrollan habilidades científicas ni preparan para la vida productiva.
En este contexto, la figura del docente queda atrapada. Se le exige ser agente de cambio social, mediador comunitario, orientador emocional y transmisor de una nueva ética colectiva, todo ello sin formación suficiente, sin respaldo institucional y con una carga administrativa asfixiante. La autoridad habla de transformación, pero no garantiza condiciones mínimas para ejercer la docencia con rigor académico. El aula se convierte en escenario simbólico de una batalla cultural que el maestro no pidió librar.
La ideologización del discurso educativo también ha servido para ocultar problemas estructurales: escuelas sin agua, sin electricidad, sin conectividad; programas de formación docente raquíticos; abandono de la educación inicial; desconexión entre escuela y mundo laboral. Discutir libros, conceptos y marcos teóricos resulta cómodo cuando no se quiere hablar de presupuesto, planeación y resultados.
La pregunta que deberíamos hacernos no es si la educación tiene ideología, sino qué tipo de escuelas, profesores y rumbo necesitan las familias en México. Y la respuesta es menos grandilocuente de lo que sugieren los discursos oficiales: una educación que garantice aprendizajes sólidos, que forme ciudadanos libres porque saben leer, pensar y argumentar; una escuela que no adoctrine, pero tampoco renuncie a exigir; un sistema que no confunda justicia con mediocridad académica.
Superar el falso debate implica devolver la centralidad al aula, al maestro y al estudiante. Implica reconocer que sin habilidades fundamentales no hay conciencia crítica posible, y que sin libertad intelectual no hay transformación auténtica. La educación no debe ser un campo de propaganda ni un laboratorio ideológico. Debe ser, ante todo, un espacio de formación rigurosa, plural y exigente, en manos – principalmente – de las familias.
Mientras sigamos discutiendo ideología para no hablar de aprendizajes, el país seguirá avanzando en el discurso y retrocediendo en la realidad. Y esa, más que una disputa política, es una deuda educativa que pagarán (como ya ocurrió) las próximas generaciones.
Salto de página
Estimado Marx, recorrer el sur del país con una “revolución” de palabras, no tiene mayor sentido. Comienza a caminar y convencer al norte. Ahí están los profesores que, de acuerdo a tu narrativa, son los colonizados y requieren ser salvados. De lo contrario, sigues perpetuando el mismo sistema que arengas “combatir”.
Estimado Mario, pues solo te queda “resistir” hasta los tiempos electorales para la candidatura. Estar del lado del poder tiene sus ventajas. Pero, como diría Benito Juárez – con quien no simpatizo –“[…] el poder termina y el recuerdo perdura”.
* Profesor | Activista por el Derecho a Aprender en SLP
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