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Desde una mirada simplista y perezosa, la explicación rápida es culpar a factores externos
00:03 viernes 26 junio, 2026
Colaboradores
El reciente triunfo de la derecha en Colombia, con la llegada de Abelardo de la Espriella a la presidencia es la señal más clara de un fenómeno que viene recorriendo el continente; desde Argentina y Chile hasta el rumbo que hoy parecer perfilarse en Perú y que ya se concretó en la nación que en agosto dejará de presidir Petro. Desde una mirada simplista y perezosa, la explicación rápida es culpar a factores externos. Es fácil decir que todo -por poner de ejemplo al enemigo favorito de la izquierda- opera bajo la sombra y sonrisa maquiavélica de Donald Trump quien, tras su abrumador regreso a la Casa Blanca frente al bloque demócrata, ha dejado claro que busca marcar su influencia en la región a la que, geográficamente, pertenecen los Estados Unidos. Y mire, estimado lector, sí. Definitivamente las potencias juegan sus propias cartas. Lo hace China en su innegable avance en la región asiática; incluso, cuando la ola izquierdista parece ganar terreno, los dedos derechistas apuntan al ruso. Sin embargo, la geopolítica externa no vota en las urnas locales; puede marcar influencia, por supuesto, pero esa semilla externa solo germina si encuentra tierra fértil a nivel local. Saber leer la política implica ir más allá de la narrativa de buenos contra malos o de la eterna y estéril discusión entre derecha e izquierda que solo minimiza al contrario muchas veces sin proponer salidas claras.
Lo cierto es que la realidad es multifactorial y opera en doble vía, pues, si el péndulo político se mueve hacia la derecha, no es porque millones de latinoamericanos se hayan convertido de la noche a la mañana a una ideología. Tendría más sentido pensar que las izquierdas sufrieron un desgaste natural en sus acciones y narrativas. ¿Qué dejó de hacer el oficialismo en Colombia, el peronismo en Argentina o Boric en Chile? Agotaron el discurso. No resolvieron -como seguramente la derecha está lejos de hacerlo- las demandas más elementales de la ciudadanía y que aquejan a las naciones latinoamericanas como si de todo un solo pueblo se tratase: seguridad, certidumbre económica, salud, educación. Cuando el cansancio social, en este sentido, es lo suficientemente fuerte, la oposición -del color que sea- aprovecha el momento. No crea que Trump vino a descubrir el hilo negro de la política latinoamericana y el descontento imperante en sus naciones; por curioso que parezca, identificó un enemigo, canalizó el enojo popular y ganó campaña con discursos polarizantes. Un manual que la izquierda conoce muy bien. Decía el especialista político José Antonio Crespo que el populismo opera en y a favor de ambos bandos y Trump, ante la influencia china en Asia y su incuestionable avance, sabe que mantener la hegemonía estadounidense en Latinoamérica es crucial, por lo que un buen giro de timón más un par de manotazos desde el despacho oval tendrían que surtir algún efecto para que el péndulo de a poco suba a la derecha, con sus claroscuros ya conocidos incluso por una izquierda que hoy ve de lejos el timón y espera el momento volver a inclinar la balanza del poder a su propio bando.