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¿Una señal... quizá?
00:10 viernes 31 julio, 2026
Colaboradores
Si entre potosinos nos leemos, no es nuevo encontrarse una o dos veces por semana la ya tan conocida noticia en redes: un transporte de carga que volvió a chocar con un puente en el Río Santiago. El pan de cada día para la ciudad y una calamidad para el desafortunado chofer que mira su unidad atorada en el puente de San Felipe, o contempla el caos que acaba de armar porque no sabe por dónde sacar un ómnibus que, atravesado, bloquea ambos sentidos de la vialidad. Es de no creerse que, tras infinidad de percances, a nadie en la administración se le haya ocurrido que una señal clara de altura y de restricción a carga pesada antes de ingresar sería una alternativa tan simple como efectiva.
Otro caso, menos mediático pero que desafía a conductores locales y visitantes, son los reductores en avenida Juárez- Seis secciones en ambos sentidos de topes puestos sin un solo color o señalamiento que indique su ubicación. ¿Han cumplido su función? Es posible. Quizá un estudio de movilidad nos diga si han reducido los siniestros que ocurrían tiro por viaje en los cruces de la colonia Satélite, pero el riesgo inmediato sigue ahí. Lo mismo aplica para las obras de drenaje o alcantarillas abiertas en tiempos de lluvia, donde las notas del conductor que fue a parar al fondo de un lago improvisado ya son costumbre. O qué me dice de los lomos de toro puestos en el Circuito Potosí a diferentes alturas: la prolongación Oro, la entrada a Capulines, Villa Magna, Cañada del Lobo, Fenapo o Puerta Real. Puestos con el mismo propósito de frenar accidentes, pero donde la falta de señalética aumenta el riesgo de frenados intempestivos, la distancia no guardada de un conductor que derrocha destreza y -porque de todo tiene San Luis- la falta generalizada de cultura vial. En ambos ejemplos se han visto accidentes no tanto por el cruce, sino por alcance. No me meteré demasiado en que el conductor a exceso de velocidad daña su propio vehículo, pues conducir exige responsabilidad; pero esa imprudencia, combinada con una mala planeación de la infraestructura vial, deriva en pérdidas de control que ponen en riesgo a terceros. Lo anterior se replicó esta semana en avenida Chapultepec, una de las preferidas para realizar arrancones los fines de semana y cruzar más de dos kilómetros en un minuto. No se necesita que la autoridad desglose las cifras de accidentes en la salida del parque Tangamanga o en el cruce con Himalaya (donde nadie cede el paso o, si alguien lo hace, el del carril contiguo viene a más de 100 por hora). Puede no gustar la medida de los lomos de toro; tampoco se puede negar que necesitamos replantear nuestra forma de conducir y el otorgamiento de licencias. Por supuesto. No obstante, que la zona de trabajos el domingo por la madrugada no se viera sino hasta estar a escasos cien metros -distancia nula a esas velocidades y en la penumbra- es una temeridad. A la autoridad hay que recordarle que, si se implementa una medida, la señalización es parte de una planeación elemental para que la solución no resulte más peligrosa que el problema. Y mientras las señaléticas necesarias brillan por su ausencia en nuestras calles, sigue quedando al descubierto la señal más clara de todas: la urgente necesidad de corregir el rumbo en materia vial, en una responsabilidad que nos atraviesa a todos, desde el peatón -pasando por conductores, motociclistas y ciclistas- hasta la propia autoridad.