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En la industria musical, ¿la pretendida neutralidad preserva la comodidad y el negocio?
00:01 lunes 21 septiembre, 2026
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Nunca iría a un concierto de Ed Sheeran. Y no por razones a priori políticas aunque, si lo pienso bien, sí. Es decir que medio ubico un puñado de canciones suyas, que incluso me gusta una (la melodía machacona de “Shape of You” es irresistible), pero lo mejor que puedo decir de la mayoría es que no me molestan. Avatares de un pop chillón (pero poquito) acaso concebido para sobrinos de los fans de Coldplay, sus composiciones, en palabras del crítico musical Michael Cragg, constituyen “el equivalente musical de esos letreros que rezan ‘Vive, Ríe, Ama’: bienintencionadas, vagamente edificantes, dotadas de la profundidad de un charco”. Amable e inocuo, correcto y cauto, Sheeran se guarda bien de ser incómodo, es decir político: las suyas son canciones de amor genéricas, concebidas para adecuarse al universo emocional, intelectual y estético de todos, de nadie. Excepción a esa regla son sus colaboraciones con artistas más complejos y/o transgresores, que le reditúan credibilidad a costo nulo o muy bajo. ¿Qué peligro puede haber en un one-off con Cardi B o con Beyoncé, con Lupe Fiasco o con Eminem? Entrados en gastos, ¿qué riesgo podría suponer tener a Macklemore de telonero en su actual gira? Uno grande, por lo visto. Macklemore es el anti Ed Sheeran. Un blanco de clase media con título universitario que se hizo en las batallas callejeras de freestyle de su natal Seattle. Un heterosexual que rapea a favor del matrimonio igualitario en la entrega de los Grammys mientras 30 parejas se casan en escena. Un ex adicto que discute con Obama su rehabilitación y sus recaídas. Un obamista que sin embargo reprocha en público al gobierno de Biden su sostén a Netanyahu. Alguien que escribe canciones –sobre drogas, sobre muerte, sobre amistades perdidas, sobre la atracción al lado oscuro– que incomodan. No sorprende que Macklemore haya aprovechado la oportunidad de actuar ante 180 mil personas en Nueva York para confrontar con la crudeza del genocidio en Gaza al público que iba a ver a Sheeran. Tampoco que organizaciones que no ponen reparos al obsceno antisemitismo del Kanye West que se presenta en el mismo circuito –acaso porque agrede a una cultura y no a un gobierno– hayan exigido la expulsión del rapero de la gira. Y menos que un Sheeran que diría con todas sus letras a Macklemore “No tomo partido” lo sacrificara no en aras de la postura política que nunca ha manifestado (ni manifestará) sino de la redituable comodidad de su inocuidad discursiva. El mundo es el que es, los involucrados lo que son. El discurso de inclusión y rendición de cuentas de Macklemore –vale la pena escucharlo– ha trascendido ese estadio, esa gira para interpelar millones de conciencias y provocar millones de discusiones. El próximo sábado Ed Sheeran tocará en Filadelfia ante 67 mil personas.
POR NICOLÁS ALVARADO