Vínculo copiado
#ESNOTICIA
#ESNOTICIA
Sin embargo, a diferencia de muchos de mis congéneres, considero que esta historia habla con sus propias voces, matices, imágenes y dolores
00:10 miércoles 21 octubre, 2026
Colaboradores
La agitación política global estrenó un nuevo capítulo la semana pasada: miles de jóvenes decidieron volcar su rabia y enojo en las calles, inconformes por las lacerantes condiciones de un capitalismo voraz que los encadena a costes de vida y manutención lacerantes y esclavizantes.
En Francia, entre 550 mil y 800 mil personas tomaron las ciudades de París, Limoges, Marsella, entre otras. Las manifestaciones desbordaron predicciones y expectativas. Nos saturamos de información, imágenes, videos, comentarios y lecturas. La historia se narró instantáneamente. Nos estremeció con imágenes cruentas y afiladas. La realidad llegaba a cada rincón por los torrentes inmediatos del internet y sus receptáculos digitales.
Las ráfagas mediáticas no solos fueron las efusivas mensajeras de los eventos de Francia, nos trajeron también todos los pormenores guardados en bits y metadatos de los acontecimientos que ocurrían -en tiempo real- en España, Italia, Portugal, Bélgica y Albania. Para la generación a la que pertenezco, el juego de imágenes y fácticas disidencias, nos hicieron recordar nuestras épocas estivales, inundándonos con remembranzas de otras movilizaciones juveniles para lanzar, quizás, apresuradas conclusiones comparativas con nuestro lejano pretérito.
Sin embargo, a diferencia de muchos de mis congéneres, considero que esta historia habla con sus propias voces, matices, imágenes y dolores. La ira urbana desdibujó la “ataraxia” europea: enfrentamientos de manifestantes con las fuerzas del orden, cañones de agua y gases lacrimógenos, como una cruel danza autoritaria en el paisaje distónico de vehículos incendiados, edificios cercenados y tarascadas iracundas en la callejuelas urbanas. Así fueron las diapositivas digitales que inundaron todos los aparatejos modernos, y que ilustraron la vívida historia que se nos contó esos días.
De este infinito racimo de imágenes, dos fueron recurrentemente enviadas: la primera era una fotografía en donde aparecían una persona vestida como un felino rosado huyendo de una tanqueta policial, la otra, también una persona con el mismo disfraz de pantera alzando ambos brazos y con sus manos haciendo el característico ademán con el dedo medio.
El bulo digital me llegó por remitentes de todas las edades. Todos asumieron una belleza implícita en las fotos. Halagaron la exactitud de las imágenes y el mensaje irónico de que emergiera en los disturbios la personalidad heroica e icónica de la Pantera Rosa. La ficción digital se apoderó de la realidad lacerante.
Cuando me enteré de la falsedad digital, decidí informarles de inmediato a mis remitentes y destinatarios. Muchos negaron que tan sublime mensaje iconográfico fuera quimérico, otros incluso buscaron reforzar la veracidad de las primigenias fotografías, con unos videos de la misma pantera, igual confeccionados con Inteligencia Artificial (IA). Un amigo, solo concluyó decepcionado: “Es lamentable vivir en un mundo en el que ya no sabes qué es real y qué no”.
¿Acaso es propio de esta época la incertidumbre de qué es real o no? La duda, la duda como cimiento de la certeza es la base de nuestra racionalidad y existencia humana. Recordemos que René Descartes construyó su complejo entramado metodológico, con base a esta simple y compleja alegoría: “(…) la fuente soberana de la verdad -es un genio astuto y maligno- que ha empleado su poder en engañarme (…)”
Este genio maligno fue el parámetro ficticio para probar los alcances de la racionalidad humana: si todo es creado por este “genio” y toda su creación es para engañar, entonces todo es falso y cuestionable. Si lo cuestionó, entonces sé que dudo y si dudo, pienso y si pienso, existo (“cogito ergo sum”).
Esta alegoría formulada por Descartes en 1641 en sus “Meditaciones Metafísicas” también se vio influenciada por la poca fiabilidad empírica de los sentidos humanos. La llegada en esa época de instrumentos tecnológicos que mostraban realidades imperceptibles, (microscopio-1590) o planetas distantes (telescopio-1608) ponían en duda el mundo “palpable” y tensaba los alcances de la razón.
Las protestas del fin de semana tienen muchas lecciones inmersas. Muchas las podremos aquilatar con el paso de los días y con información más centrada, reflexionada y verificada. Pero esos dos testaferros digitales que arrebataron protagonismo a la vívida realidad sí nos dejan una lección preliminar: aunque siempre hemos vivido en un mundo que se tensa entre lo veraz y lo falsario, hoy vivimos y presenciamos nuevos engranajes del engaño, más eficaces, inmediatos y perversos: la inteligencia artificial.
La información se dispersa inmediatamente, la mentiras, los bulos, la realidad construida por este posmoderno “genio maligno” llamando “IA”, se extiende y dispersa globalmente. La realidad y la ficción se tensan y se entremezclan. ¿Qué podemos hacer ante esto? Afianzarnos a nuestra más natural, humana y fuerte adarga: la duda.
Hoy más que nunca, a dudar, pues como precisara Antoine Leonard Thomas: “(…) Nada es seguro, nada existe. (…) puesto que dudo, pienso; puesto que pienso, existo”: “Dubito, ergo cogito, ergo sum”, como aforismo existencial, como mantra para aliviar las ansiedades de la incertidumbre digital.
Por Juan Luis González Alcántara Carrancá