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Noventa minutos y todo lo demás
00:10 viernes 12 junio, 2026
Colaboradores
Ayer comenzó oficialmente la Copa Mundial de Futbol. Durante unas cuantas semanas, millones de personas en todo el planeta dirigirán su atención hacia las canchas, los estadios y los resultados. Se discutirán alineaciones, estrategias, polémicas arbitrales y goles memorables. Habrá quien siga cada partido con devoción y quien apenas se acerque al torneo cuando juega su selección nacional. Sin embargo, más allá de lo deportivo, el Mundial vuelve a demostrar que es uno de los pocos fenómenos capaces de reunir a personas de distintas edades, profesiones, ideologías y contextos alrededor de una misma conversación. El futbol tiene esa extraña capacidad de convertirse en lenguaje común. Personas que durante cuatro años apenas prestan atención a una cancha terminan pendientes de un marcador. Familias enteras se reúnen frente a una pantalla. Los grupos de amigos recuperan rituales que parecían olvidados. Durante un Mundial, incluso quienes afirman no gustar del futbol terminan sabiendo cómo quedó el partido o preguntando cuándo vuelve a jugar la selección. En México, además, la experiencia adquiere un significado especial. La victoria de la selección nacional en el partido inaugural ha despertado una ilusión que trasciende el resultado mismo. El futbol, como pocas expresiones populares, tiene la capacidad de generar identidad colectiva. Por un momento, millones de personas comparten emociones similares, celebran los mismos goles y se permiten imaginar que los próximos partidos pueden traer nuevas alegrías. También existe una dimensión económica imposible de ignorar. Millones de visitantes llegarán al país durante las próximas semanas. Detrás de cada aficionado que viaja existe una cadena de beneficios que alcanza hoteles, restaurantes, comercios, transportistas y pequeños emprendedores. No se trata únicamente de grandes corporaciones; también hay familias que encuentran en estos eventos una oportunidad para mejorar temporalmente sus ingresos, pagar deudas pendientes o fortalecer negocios que enfrentaron meses complicados. Sin embargo, el Mundial también exhibe algunas contradicciones. La fiesta del futbol es, al mismo tiempo, uno de los negocios más rentables del planeta. Los precios de boletos, alimentos y servicios dentro de los estadios recuerdan que el acceso al espectáculo se ha vuelto cada vez más exclusivo. Para muchas familias, asistir a un partido representa un gasto imposible de asumir. Incluso algunos negocios que pretendían aprovechar el entusiasmo mundialista para transmitir encuentros tuvieron que enfrentar restricciones y costos derivados de los derechos comerciales del torneo. La derrama económica existe, pero no se distribuye de manera uniforme. Como ocurre con frecuencia, mientras algunos sectores obtienen beneficios importantes, otros observan el espectáculo desde la distancia. Y luego está la otra realidad. La que no desaparece porque haya un balón rodando sobre el césped. Mientras las cámaras muestran estadios llenos y celebraciones multitudinarias, continúan presentes los desafíos que México arrastra desde hace años: la inseguridad, la desigualdad, las carencias de infraestructura y el dolor de miles de familias que siguen buscando a un ser querido desaparecido. Algunas de ellas han intentado aprovechar precisamente la atención internacional que genera el torneo para recordar que existen historias que todavía esperan justicia. Reconocer esa realidad no significa renunciar al futbol. Tampoco implica sentir culpa por disfrutar un partido. El problema nunca ha sido el deporte. Ningún gol provoca una desaparición, ninguna celebración genera violencia y ningún aficionado es responsable de las decisiones que durante años han producido las crisis que enfrentamos como sociedad. El futbol no es el obstáculo para resolver nuestros problemas. En todo caso, los problemas persisten cuando olvidamos nuestras responsabilidades ciudadanas, cuando dejamos de exigir resultados a quienes gobiernan o cuando somos incapaces de empatizar con quienes atraviesan circunstancias dolorosas. Quizá por eso el Mundial resulta tan interesante. Porque en él conviven las dos caras de una misma realidad. Por un lado, la alegría compartida, los recuerdos familiares, las conversaciones que nacen alrededor de una pantalla y las oportunidades económicas que llegan con millones de visitantes. Por otro, los pendientes que permanecen ahí, recordándonos que ningún espectáculo puede sustituir la necesidad de construir un país más seguro, más justo y más humano. Durante las próximas semanas habrá goles, celebraciones y discusiones interminables sobre futbol. Está bien disfrutarlas. Después de todo, también forman parte de la vida. Pero mientras observamos lo que ocurre durante noventa minutos en una cancha, conviene no perder de vista todo lo demás que sucede fuera de ella.