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¿Cuándo informar deja de ser informar y comienza a convertirse en espectáculo?
00:10 jueves 10 septiembre, 2026
Colaboradores
Hay noticias que llegan como un golpe y dejan a una ciudad entera en silencio. Lo ocurrido en la zona universitaria poniente de la UASLP no debería convertirse en una competencia por publicar primero, conseguir la fotografía más impactante o llenar las redes de versiones sin confirmar. Antes que cualquier debate sobre protocolos, responsabilidades o explicaciones, hay un joven que perdió la vida, una familia atravesando un duelo y una comunidad universitaria tratando de entender cómo procesar algo que, para muchos estudiantes, ocurrió frente a sus ojos. Ese debería ser nuestro punto de partida.
Y aquí aparece una pregunta incómoda para los medios: ¿Cuándo informar deja de ser informar y comienza a convertirse en espectáculo? Algunos portales y páginas difundieron fotografías del joven y del lugar de los hechos, obligando incluso a la propia Universidad a pedir que no se reprodujeran imágenes ni información explícita. La crítica debe ser firme, pero también constructiva: una fotografía no agrega necesariamente contexto, verdad ni justicia a una noticia. En ocasiones solamente amplifica el dolor de quienes ya están sufriendo. En tiempos de clics, viralidad y competencia digital, también hace falta recordar que detrás de una pantalla hay personas, familias y una dignidad que no desaparece porque una noticia se vuelva tendencia.
Pero sería demasiado sencillo quedarnos únicamente con el comportamiento de los medios. La comunidad estudiantil comenzó a hacer preguntas mucho más profundas: atención psicológica, acompañamiento, capacitación de docentes y tutores, líneas de emergencia y protocolos claros para actuar ante una crisis. La UASLP, por su parte, informó que se notificó a las autoridades y que la Fiscalía realiza las investigaciones correspondientes; el rector también señaló que las evaluaciones psicológicas del joven no habían mostrado señales que anticiparan un riesgo. Y precisamente ahí hay otra reflexión: la prevención no puede depender exclusivamente de detectar una señal evidente. La salud emocional de los jóvenes requiere acompañamiento cotidiano, escucha y espacios donde pedir ayuda no sea visto como debilidad ni tenga que ocurrir solamente cuando la emergencia ya estalló.
Porque el problema tampoco termina en la UASLP. Lo verdaderamente incómodo es preguntarnos qué estamos haciendo como sociedad con nuestros jóvenes. Les exigimos rendimiento, buenas calificaciones, preparación profesional, experiencia laboral, idiomas, productividad y capacidad para competir en un mercado cada vez más demandante. Les decimos que deben construir un futuro exitoso, pero pocas veces preguntamos cómo están viviendo el presente. ¿Quién escucha al estudiante que dejó de participar? ¿Quién conversa con el joven que se aisló? ¿Quién acompaña al recién egresado que no encuentra trabajo? ¿Quién detecta al que está cargando problemas familiares, económicos, académicos o personales que nunca aparecen en una boleta?
Y esto también tiene una dimensión económica y social que pocas veces entra en la conversación. San Luis Potosí presume —con razón— su crecimiento industrial, la llegada de inversiones y la formación de talento para sectores cada vez más especializados. Pero una ciudad competitiva no se construye solamente con parques industriales, carreteras, universidades y nuevas empresas. También se construye cuidando a las personas que van a sostener esa economía durante las próximas décadas. Si hablamos de competitividad, deberíamos hablar también de bienestar; si hablamos de talento, deberíamos hablar de acompañamiento; y si hablamos de futuro, tendríamos que preguntarnos qué estamos haciendo hoy para que nuestros jóvenes puedan llegar hasta él.
También hay una responsabilidad para las instituciones públicas, las escuelas públicas y privadas, las familias, las empresas y nosotros mismos. No se trata de convertir cada tragedia en una cacería de culpables ni de emitir conclusiones antes de que concluyan las investigaciones. Se trata de revisar aquello que sí podemos mejorar: protocolos, capacitación, canales de atención, coordinación con servicios especializados, acompañamiento a estudiantes y trabajadores, y sobre todo una cultura donde hablar de lo que duele no sea motivo de vergüenza. La prevención tampoco puede reducirse a colocar un teléfono de ayuda en un cartel y dar por cumplida la tarea.
Y hay algo más que como sociedad debemos aprender de este caso: la responsabilidad digital también es una forma de humanidad. Compartir una fotografía porque “ya está en redes”, reenviar un video porque “todo mundo lo tiene” o convertir una tragedia en contenido viral no nos hace mejores informadores ni ciudadanos más informados. La memoria de un joven no necesita convertirse en espectáculo para que su ausencia importe. A veces, el acto más responsable frente a una noticia es precisamente saber qué no publicar, qué no compartir y cuándo guardar silencio.
Quizá la pregunta más importante que deja esta tragedia no sea únicamente qué ocurrió aquel día, sino qué estamos dejando de hacer todos los demás días. Porque mañana las clases continuarán, las oficinas abrirán, los negocios seguirán operando y la ciudad volverá a su ritmo habitual. Pero si después de esta tragedia únicamente revisamos puertas, barandales, protocolos y comunicados, habremos atendido una parte del problema. Si en cambio comenzamos a mirar de verdad a nuestros jóvenes —a escucharlos antes de que tengan que gritar, a acompañarlos antes de que estén solos y a entender que pedir ayuda no es fracasar— entonces quizá esta dolorosa experiencia pueda convertirse, con absoluto respeto por el duelo de su familia y amigos, en un llamado serio para que San Luis Potosí deje de preguntar solamente “¿qué pasó?” y empiece a preguntarse “¿qué estamos haciendo para que nuestros jóvenes tengan más razones, espacios y personas con quienes seguir adelante?”
La memoria de un joven no necesita convertirse en espectáculo ni en una estadística. Puede convertirse, eso sí, en una oportunidad para que San Luis Potosí se haga una pregunta seria: ¿Qué estamos haciendo por nuestros jóvenes antes de que una tragedia nos obligue a preguntar qué debimos haber hecho? Si después de unos días todo vuelve a la normalidad, habremos aprendido muy poco. Si esta pérdida consigue abrir una conversación responsable, humana y permanente sobre cómo acompañamos a nuestra juventud, entonces quizá la sociedad potosina pueda convertir el silencio de estos días en algo mucho más poderoso: una decisión colectiva de escuchar antes.