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Cervantes, hace ya cuatro siglos, nos advertía sobre los peligros de ese paternalismo moral
00:10 viernes 7 agosto, 2026
Colaboradores
Allá por el capítulo VI del Quijote, el cura y el barbero, que encarnaban con bastante celo las instituciones de control de la España de entonces, decidieron revisar, uno a uno, los libros del hidalgo para arrojar al fuego del corral aquellos que consideraban peligrosos, impropios o capaces de desestabilizar la mente de la gente. Cervantes, hace ya cuatro siglos, nos advertía sobre los peligros de ese paternalismo moral, de esa superioridad autoimpuesta desde el poder que pretende curar la supuesta locura de la sociedad decidiendo qué es apto y qué no. Sin embargo, aniquilar la diversidad de miradas, lejos de sanar el debate, solo termina por empobrecerlo y encerrarnos en la comodidad de un pensamiento único. Ante la saturación de posturas extremas y los intentos por normar la conversación pública en el México de hoy, me parece que la respuesta no pasa por el sermón ni por la imposición. Decía Borges, con bastante lucidez, que la lectura debe ser un acto de felicidad, y a nadie se le puede dictar cómo ser feliz; de modo que, si a usted no le gusta lo que lee o escucha, siempre tiene la libertad de cerrar la página, de buscar otro espacio o de dialogar con el vecino. Amable lector, hay tentaciones en la política que simplemente nunca pasan de moda, y por eso, esta columna no requiere hoy de más explicaciones. Los dejo con el microrrelato más breve -como esta columna- de la lengua española, escrito por Augusto Monterroso; lo que usted decida hacer con él, la memoria que le convoque y la interpretación que le dé, queda enteramente en sus manos:
“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.” FIN